“Te ayudan en el día a día, pero por sí solos no te curan”


En la actualidad, se estima que uno de cada cinco españoles presenta síntomas compatibles con un cuadro depresivo, tal y como se desprende del IV Estudio de Salud y Estilo de Vida de Aegon realizado en colaboración con el Consejo General de Psicología de España. Y en 2021, según el Ministerio de Sanidad, se recetaron en España 45,1 millones de fármacos antidepresivos. 

No se trata de un medicamento cualquiera: hablamos de sustancias psicoactivas, que tienen un efecto importante y profundo en aspectos como la percepción, las emociones o el pensamiento racional. De drogas que modifican la manera en la que las personas se comportan y experimentan el mundo.

“Estás emocionalmente más estable”

Con todo, los efectos de los antidepresivos sobre las personas que los consumen pueden ser más sutiles de lo que a primera vista podría parecer. De hecho, y debido a que es común que quienes los toman tengan también que usar alguna otra medicación psicoactiva, puede ser difícil identificar con precisión los cambios subjetivos que provocan en la percepción y la experiencia personales.

“Con los antidepresivos, por sí solos, no ‘notas’ mucho”, comenta a 20Minutos José, un joven de 25 años que estuvo tratado con antidepresivos durante unos cuatro años por un trastorno depresivo recurrente y un trastorno de ansiedad generalizada (concretamente, detalla, “comencé a tomarlos con 19 años, y estuve tomándolos durante cuatro años (hasta los 23); primero paroxetina, una pastilla de 20mg al día, y luego vortioxetina, también 20mg al día”).


“Estás emocionalmente más estable, sin tantos bajones y menos reactivo, y piensas más fríamente las cosas. Pero no es algo de lo que uno se dé cuenta si no reflexiona sobre ello y se compara con cómo actuaba antes de tomarlos… No es como estar borracho”, añade.

Algo parecido reporta Juan, un hombre de 39 años que trabaja como administrativo y realizando tareas del hogar y que está actualmente en tratamiento con venlafaxina retard de 150mg una vez al día por “depresión y un intento de suicidio”: “Actualmente me sientan bien. Estoy con energías y ánimos. Me noto que afronto la vida con mucha más calma y si tengo que responder a alguna situación de manera tajante, no me ando con rodeos. Y también duermo bastante mejor”. 

“Mi estado mental no mejoró”

Hay que tener en cuenta, de todas formas, que los antidepresivos varían ampliamente en efectos y eficacia según el paciente. Esto explica la disparidad entre los testimonios de José y Juan y otros como el de María, una ilustradora de 26 años que estuvo tratada con un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina (ISRS) a diario durante un año y medio por un trastorno de ansiedad obsesivo y un trastorno del sueño. “No me ayudaban, y mi estado mental no mejoró”, dice: “Creo que me hubiera ido mejor con psicoterapia, o combinando ambos tratamientos, pero aquello no estaba a mi alcance”.

En este sentido, las palabras de María resuenan con una crítica frecuente al modo en el que se receta en la actualidad esta clase de medicamentos. Y es que, dada la variabilidad en su eficacia y en los efectos secundarios, la recomendación habitual es que los tratamientos con antidepresivos se receten conjuntamente con un enfoque psicoterapéutico, que en parte realiza también un cierto seguimiento del estado del paciente. Esto, especialmente entre quienes no tienen los medios materiales para recurrir a la sanidad privada, rara vez se cumple.

“Llevaba desde marzo del año pasado con un tratamiento y no me daban cita en el psiquiatra hasta julio de este año”

Carlos, un hombre de 44 años que trabaja como técnico de mantenimiento de climatización industrial y que recibe un tratamiento de escitalopram de 10mg diariamente por “estados de ansiedad y depresión”, ejemplifica esta problemática: “Llevaba desde marzo del año pasado con un tratamiento recetado por mi médico de familia, y no me daban cita en la psiquiatra hasta julio de este año; solo me la adelantaron a enero después de innumerables visitas de urgencia al ambulatorio y al hospital por estados de ansiedad”.


Los niños con altas capacidades intelectuales tienden a sentirse aislados del resto.

“Me encontraba en un estado anímico lamentable, me resultaba sorprendente que me dieran las citas con tanto plazo”, añade.

“Y para conseguir cita con la psicóloga”, prosigue, “tuve que solicitarla a Servicios Sociales del ayuntamiento en el que vivo, como me recomendó el médico de familia, porque a través de Sanidad es casi imposible”.

“Me provocaban somnolencia, mareos, distracciones…”

Una de las razones por la que es tan importante que los pacientes tratados con esta medicación reciban psicoterapia simultáneamente (o al menos un cierto seguimiento del tratamiento) es porque a menudo tienen efectos secundarios, que pueden alcanzar una cierta severidad.

Además, este inconveniente suele alcanzar una magnitud aún mayor si tenemos en cuenta que como hemos mencionado es frecuente que los tratamientos con antidepresivos coincidan con otros psicofármacos como benzodiacepinas (ansiolíticos), tampoco exentos de riesgo (este es, de hecho, el caso de los cuatro entrevistados en este artículo).

Así, por ejemplo, María reporta haber sentido “mucha somnolencia en los primeros días, y después una desaparición del apetito sexual“, y Carlos dice tener “sueño repentino a lo largo del día, falta de ganas de hacer cosas y momentos de comer impulsivamente”. 

Juan, por su parte, experimentó “durante los dos primeros meses de tratamiento, mareos, somnolencia, dolor de cabeza, distracciones, picor de piel y diarreas con sangre”.

“Todos mis intentos de suicidio fueron estando medicado”

Finalmente, José cuenta que sufrió “unos cuantos” efectos secundarios: “Al iniciar los tratamientos, tenía algunos episodios extraños en los que sentía que lo que me rodeaba no era real, como si estuviera en un sueño o en una película. Más tarde he sabido que eso se llama desrealización“.

“También, tuve una reducción drástica de la libido y eyaculación retardada, hasta el punto en el que no era capaz de tener orgasmos y perdí bastante peso”, añade.

“Y hay algo más”, prosigue. “No se si es un efecto secundario, pero igual que decía que te hacen pensar más fríamente las cosas, cuando tenía pensamientos suicidas me asustaba menos y lo ‘planeaba’ más. De hecho, todos mis intentos de suicidio fueron estando medicado”, narra.


Una mujer con expresión triste.

Este testimonio concuerda con cierto volumen de evidencia científica que ha concluido que los ISRS (familia de medicamentos a la que pertenecen todos los antidepresivos que usan o han usado los entrevistados en este artículo) pueden incrementar las conductas suicidas en adolescentes y jóvenes, razón por la que se recomienda que este segmento de la población sea objeto de un seguimiento más intenso si cabe por parte de un profesional.

“Por sí solos no lograron mejoras significativas”

Teniendo en cuenta todas las particularidades de esta clase de medicamentos, cabe preguntarse: ¿Los beneficios de los tratamientos con antidepresivos compensan los riesgos e inconvenientes?

La respuesta es compleja, y parece depender en gran medida de las circunstancias que rodean a cada paciente y a su tratamiento (por ejemplo, de que se administre junto con psicoterapia y con un seguimiento adecuado).

“El tratamiento, a mí, sí que me compensa; ahora mismo, afectan de manera bastante positiva en mi día a día”, opina Juan: “Claramente, está siendo eficaz”.

“Los antidepresivos no me ayudaban”, argumenta, por el contrario, María. “Paradójicamente, no fue hasta que los dejé y en su lugar empecé a ir a psicoterapia que empecé a mejorar. Tal vez, si hubiera combinado los dos enfoques, hubiera compensado, pero no podía permitírmelo”, añade.


Las palpitaciones, la sensación de ahogo, la angustia y las fobias son los síntomas más generalizados de la ansiedad.

“Los medicamentos son una ayuda importante, pero las personas que los tomamos tenemos que poner de nuestra voluntad para recuperarnos. En definitiva, es cuestión de nosotras mismas el querer recuperarnos”, afirma por su lado Carlos.

“Funcionaban bien a la hora de mantenerme estable en el día a día“, defiende José, “pero no creo que por sí solos lograsen mejoras significativas. Y aunque pudieron aumentar mi riesgo de suicidio, estaba en tal situación que tampoco puedo achacar del todo eso al tratamiento”.

“A pesar de todo, creo que compensaba: estar más tranquilo me permitía centrarme algo más en los estudios, tener menos momentos de tristeza profunda, tener una mejor relación con las personas cercanas… Eso sí, lo que me hizo recuperarme de verdad fue un cambio en mi situación vital junto a la psicoterapia”, concluye.



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