San Miguel Los Lotes, pueblo silenciado por el Volcán de Fuego en Guatemala


San Miguel Los Lotes es un pueblo enmudecido. Una fotografía en blanco y negro que quita el aliento, que trastorna. El pueblo silenciado es aquel que escuchaba retumbar el Volcán de Fuego cada día y que veía cómo crecían sus cultivos. El mismo que ahora no es capaz de palpitar.

Cuando cierra los ojos, Domingo aún ve a su familia, pero cuando los abre solo oye un grito. Un grito seco. Un grito que carcome por dentro el alma y que le tiñe los ojos de un rojo que asusta. Da la impresión de que va romperse, pero hace casi dos semanas que se rompió para siempre.

Fue también un grito, el del volcán de Fuego de Guatemala, el que el pasado 3 de junio se llevó con él a parte de su familia. Para no regresar. Para no volver a ver nunca esas risas que algún día fueron la alegría de un pueblo que nunca volverá a sonreír.

Un par de kilómetros antes de la zona cero hay dos cordones de seguridad. Uno del Ejército, al que se accede sin problema, y otro de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres. En él, un joven menudo pregunta los nombres y los números de teléfono, los anota en una lista y nos avisa de la palabra clave para evacuar. En el interior ya está Domingo, hace trece días que viene sin parar.

Aquel domingo, el volcán despertó revuelto. Como siempre. “Nunca se calla”. Con las primeras luces del día la gente salió a sus labores diarias. Que si la iglesia. Que si la milpa. Que si los niños. Que si la comida. Nadie prestó atención y nadie les advirtió. Minutos después, la lava, la arena y la tierra anegó las viviendas, algunas hasta el techo.

“Nadie nos avisó. Nosotros somos pobres”. Ese es el pesar de Domingo, que ahora no para de buscar entre la ceniza y el lodo a su hija, sus dos nietos y su cuñado. El cadáver de su yerno apareció hace unos días, a las afueras de la Iglesia, pero de los otros nadie le dice nada. Aquí habían nacido todos, donde él vive desde hace 23 años, cuando se casó.

El hombre, rollizo y de mediana estatura, no quita sus ojos del volcán. Lo mira con recelo. Con pena. Con asombro. No es capaz de entender cómo pudo expulsar esas rocas enormes. Tan pesadas como su tristeza. Huele a azufre y a quemado. Debajo de esas toneladas de lodo, que antes de la lluvia eran arena fina y ceniza, se mantienen las altas temperaturas.

El humo y los vapores se sienten. Se oyen las burbujas. Y se ven. Es la devastación de un volcán que no para. Que ha dejado al menos 110 muertos y casi 200 desaparecidos. La ropa aún está tendida en las casas vacías y llenas de escombros. Las brigadas de rescate miran con desasosiego.

Solo hay devastación. Los árboles están secos y la tierra árida. Un rombo, marcado con pintura roja, señala las viviendas que ya fueron inspeccionadas, pero el personal sigue trabajando. También “Pantera” y “Hormiga Negra”. Dos de los miembros de un equipo de los Topos. Analizan cómo seguir buscando.

“Vayan con cuidado”, grita “Pantera”, aunque su nombre real es “Pola”. Trabajan con sumo cuidado. Quitando la arena poco a poco. Les ayuda personal de emergencias de Cataluña, también del Ejército y bomberos de Guatemala. Recogen los restos y los meten en una bolsa blanca de la Fiscalía. No saben cuántos llevan. Solo saben que “hay que seguir”.

“El volcán está teniendo un poquito de erupción”. “Ok, estaremos pendientes. Cambio”. Es el mensaje que alerta al personal de la maquinaria pesada. Miran y vuelven la vista a las toneladas de tierra. Les queda mucho por delante. Llevan una semana y han removido casi 10.000 metros cúbicos. Son camiones y camiones.

Pero a los vehículos aun les llegan los escombros hasta las ruedas. Unos jóvenes, que sobrevivieron a la catástrofe, pasean por el área para recoger las pocas pertenencias que les quedan. Y ven una motocicleta. “Estaba nueva, ¿no?”. “Sí, hombre”. Pero ahora es un amasijo de hierros.

A esta erupción en Guatemala se la conoce con palabras distintas. Tantas como formas hay de odiar. La paz, sin embargo, la construyen todos en silencio. Hablando con las miradas. Enterrando a los suyos.

San Miguel Los Lotes, una comunidad que ha demostrado su alma y su espíritu más solidario, nunca volverá a ser lo mismo. Más de dos centenares de casa que eran vida y color ya no existen. Se ven en blanco y negro. Solo hay silencio. Pero todos esperan entenderse con un lenguaje en común: que los suyos puedan, por fin, descansar.



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