Sábado picante



Hoy quiero hacer algo que usualmente no hago en esta columna: felicitar. Y lo quiero hacer porque son felicitaciones más que merecidas en tiempos de indolencia e indiferencia. Llevo semanas viendo cómo estudiantes y docentes de la Universidad Autónoma de Chiriquí (Unachi) y ciudadanos de la provincia chiricana han dejado momentáneamente sus celulares para ir a las calles y pedirle al primer obrero del país –o sea, a Laurentino Cortizo– que vete el adefesio que le daría legalidad a una ilegalidad: permitir que la rectora de la institución tenga oportunidad de reelegirse por tercera vez.

He visto cómo la Policía se llevó a una mujer detenida porque estaba protestando; he escuchado a nuestros conciudadanos de David quejarse de la deshonestidad del proyecto de ley; de cómo se han arreglado las cosas para que esta señora, tan impresentable como he visto pocas, se haga de ventajas en unas elecciones que tienen su nombre y apellido.

Pero a Cortizo le ha importado un bledo los estudiantes, las protestas. Firmó y, según él, ahora que mató el perro, se acaba la rabia. No lo celebre, señor Cortizo, que no es así. Y hablando de celebraciones, las botellas de champaña no se abrieron ayer, sino un día antes, y con fuegos artificiales, lanzados desde la casa de la rectora , para hacerle saber a todo David que ella y su porquería habían triunfado. En consecuencia, los panameños tendremos más leche condensada para el raspao y menos esperanza en el futuro.

Y aún sabiendo que una decisión adversa podría venir, el pueblo chiricano no se rajó, como lo hicieron los que –sin vergüenza ni dignidad– aceptan el dinero de esta señora que quiere extender su reinado quién sabe por cuánto tiempo más. Con sus acciones, han manchado sus nombres, carreras y familias, y a una institución educativa, traicionando el honor que hay en la docencia.

Es por ello que encuentro más honor en un estudiante que cuenta sus reales para llegar a la Unachi para recibir clases de profesores respetables, en vez de aquellos que se meten al bolsillo miles de dólares a cambio de sus valores, sirviendo a la personificación misma de la podredumbre, indigna de rectorar una universidad y en la que los alumnos deben enseñarle a sus profesores qué es dignidad y qué significa una buena reputación.

Felicito a estos estudiantes y al pueblo chiricano que se alzó contra los arreglos de recámara; que se tomaron las calles como escenario para trasmitir sus protestas y, de paso, enseñarnos al resto de la sociedad que la pelea no es en Twitter ni Instagram ni en Tik Tok. Estos asuntos ameritan más que unas cuantas decenas de caracteres o un chiste. Si queremos que nos tomen en serio, tenemos que ser serios.

Ya sabemos quién puede presumir de digno. Y, obviamente, no es el presidente, pero sí, y con orgullo, el noble pueblo chiricano.



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