Sábado picante


La llamada “nueva normalidad” no tiene nada de normal. El mundo virtual panameño es una calamidad. He probado algunos ofrecimientos de compra en línea en tiendas locales, lo cual ha sido decepcionante. Un día decidí adquirir un modelo de mascarillas anunciado en el catalogo virtual de una tienda dizque de prestigio. Pero en vez de mascarillas, me trajeron tamales. Por supuesto que pedí la devolución de mi plata a mi tarjeta de crédito. Poco después me llegó una notificación de la tienda preguntándome que quién era yo, y por qué estaba pidiéndole plata a ellos.

Después de explicarles, resultó que le mandaron la plata a alguien que no dijo que esa plata no era de él, así que el tipo se fue a la tienda y se compró las mascarillas. Esa compra desató un desastre, pues dándole seguimiento a la devolución del dinero, la tienda me respondió que no sabía por qué yo reclamaba porque los tamales nunca regresaron –sugiriendo que esa fue mi cena de Navidad– y que las mascarillas sí fueron despachadas. Así que, formalmente, me notificaron que yo les debía $18, de los dichosos tamales.

De ninguna manera, me dije. Fui a la tienda, donde tuve que hacer una fila de media hora con diez personas para entrar. Luego, adentro, éramos tres en la fila. La tienda tenía unos 10 dependientes, y 9 atendían el teléfono, las computadoras de los pedidos “virtuales” y el despacho de mercancía, ante la impaciencia de motorizados que regresaban disgustados porque los enviaron a una dirección donde nadie pidió tamales. En medio del bullicio, había solo un dependiente para los clientes presenciales.

Tuve la mala suerte de entrar poco antes del mediodía. Al dar las 12:00, ls empleados se fueron a comer, y los que habían comido estaban en el período de incidencias, contándose chistes y con una flirteadera entre ellos que hizo que un motorizado –no se si cansado de esperar o celoso– reclamó que no había hecho un solo viaje por culpa de ellos.

Después de esperar media hora, reclamé mi asunto a una mujer que, al oírme, me miraba como si le hablara en chino. Me preguntó que cuándo me comí los tamales y luego me dijo –cambiando el semblante al de cobradora– que le debía $18. Finalmente entendió el dilema de los tamales/mascarillas, pero me dijo que los reclamos se procesan por internet, y me dio la dirección.

Llegué a casa y busqué el sitio. Llené 103 casillas de preguntas, incluida qué tipo de tamal me gusta. Luego me llevó hasta un portal en el que me preguntaba cuál era el problema. Lo escribí, y al cerrar me salió un letrerito que anunciaba que mi petición sería procesada en 24 horas. Y, efectivamente, el correo llegó puntualmente. Lo abrí entusiasmado, después de todo, son cumplidores en lo de las quejas, pensé. El correo contenía una factura de $18 por la compra de tamales de puerco y una oferta para comprar tamales a medio precio. O sea que mis mascarillas, los tamales y mi reclamo se quedaron en ese mundo virtual. ¡Qué va! Prefiero la antigua anormalidad.



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