Sábado picante


Si los panameños dependiéramos de los proyectos de ley que presentan los diputados, los avances en políticas públicas o para regular las actividades que se desarrollan en todo el país, estaríamos en la edad de piedra. El nivel de la mayoría de nuestros diputados no solo es básico en todo el sentido de palabra, sino que presentan graves deficiencias como cuerpo colegiado, incapaz de rendir cuentas individual y colectivamente. Hay excepciones, escasas, pero con suficiente volumen para que sus quejas escapen del bullicio callejero que reina en los debates del pleno o en las comisiones de trabajo.

Dan vergüenza. Sus discursos son patéticos. No me sorprende que sus iniciativas legislativas giren en torno a fiestas, restándole recursos al Estado a fin de destinarlos a celebrar con música y alcohol las carencias que insultan a las comunidades que representan. ¿Originalidad? ¿Prevención? ¿Castigo? Nada de eso. Sus proyectos son de una trivialidad humillante para los electores, pues somos los que los hemos ‘nombrado’ en el cargo.

La lucidez de su pensamiento es tan escasa que cuesta creer que hayan llegado ahí para hacer leyes. Pero sí, sí las hacen. Su egocentrismo es el motor para aprobar leyes a su medida: plata, inmunidad, impunidad y cuanto privilegio puedan lograr del poder que les da la ley que ellos mismos aprueban, ya sea por vía formal o por la informal. El alcance de sus proyectos de ley no supera el tamaño de sus circuitos, pese a que pueden hacer leyes de cobertura nacional para beneficio de las mayorías y minorías nacionales. Pero se dedican a cancanear unas cuantas palabras en el período de incidencias –algunos en abuso de su inmunidad– y a copiarse de leyes para institucionalizar fiestas existentes que se pagan con nuestros tributos.

Elegir diputados es parte de la democracia. Cualquiera –y hago énfasis en “cualquiera”– puede presentarse. Hace tiempo leí un manual de personal de un distrito de Azuero. Recuerdo que describía doce requisitos para ser almacenista, con salario de menos de $400. Para ser diputado se requiere de 5, ninguno sobre competencias: panameño, ciudadano en ejercicio, 21 años de edad, sin condena dolosa y residente de su circuito. El almacenista debía demostrar capacidad para ejercer el puesto. El diputado no.

Los partidos políticos deberían ofrecernos candidatos calificados, con un mínimo de experiencia o estudios en administración pública; de prestigio, ejemplos a seguir. Pero en lugar de ello, tenemos lo que nos ofrecen y de ahí elegir lo que hoy tenemos en la Asamblea.

Los partidos han secuestrado nuestro libre albedrío como ciudadanos al darnos tan pobre oferta. Nos obligan a elegir entre el malo y el menos malo. Nuestra democracia está lejos de ser un ejemplo. Es rehén de políticos que prefieren el voto de masas que controlan con un pedazo de carne en Navidad, mientras ellos se reparten el gran pastel del presupuesto nacional.



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