Que no te engañen con el acuerdo comercial entre EE.UU. y china


El 15 de enero, después de tres años de una amarga disputa comercial, está programado que Estados Unidos y China firmen un acuerdo de “Fase 1” que recorta los aranceles y obliga a China a comprar más mercancía de agricultores estadounidenses. Que no te engañen.

Este modesto acuerdo no puede disfrazar el hecho de que la relación más importante del mundo se encuentra en su coyuntura más peligrosa desde antes de que Richard Nixon y Mao Zedong restablecieran los vínculos hace cinco décadas. La amenaza que representa para Occidente el autoritarismo de alta tecnología de China se ha vuelto totalmente clara.

Todo desde sus empresas pioneras de inteligencia artificial hasta sus gulags en Sinkiang encienden las alarmas por el mundo.

Igual de evidente es la respuesta incoherente de Estados Unidos, que oscila entre exigir que el gobierno chino compre soya de Iowa e insistir en que abandone su modelo económico dirigido por el Estado.

Ambos solían pensar que podrían prosperar a la par; en la actualidad, cada uno tiene una visión de éxito en la que el otro se queda atrás. Un desmantelamiento parcial de sus vínculos está en camino.’


c.2020 Economist Newspaper Ltd, Londres 3 de enero, 2020. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso.

En la década de 2020, el mundo descubrirá qué tanto afectará este desacoplamiento, cuánto costará y si (mientras confronta a China) Estados Unidos se verá tentado a comprometer sus propios valores.

Las raíces de la separación de las superpotencias datan de hace veinte años.

Cuando China se unió a la Organización Mundial del Comercio en 2001, los reformadores en casa y los amigos en el extranjero tenían la ilusión de que esto liberalizaría su economía y, tal vez, también su política, lo cual facilitaría su integración a un orden mundial liderado por los estadounidenses.

Esa visión ha muerto. El Occidente ha enfrentado una crisis financiera y se volcó hacia el interior.

El comportamiento de China ha mejorado en algunas maneras: su gigantesco superávit comercial una vez más es del tres por ciento de su producto interno bruto.

Sin embargo, tiene una forma de dictadura incluso más sombría bajo el presidente Xi Jinping, y ahora ve a Estados Unidos con desconfianza y desdén. Como ocurre con toda gran potencia emergente, el anhelo de China de ejercer su influencia está creciendo junto con su magnitud.

Quiere fijar reglas en el comercio global y tener influencia sobre los flujos de información, los estándares comerciales y las finanzas.

Ha construido bases en el mar de China Meridional, está interfiriendo con los 45 millones de personas de la diáspora china y está atacando a sus críticos en el extranjero.

El presidente Donald Trump ha respondido con una política de confrontación que ha ganado apoyo de ambos partidos en Estados Unidos.

Aun así, quienes están a favor de una mano dura contra China en las abrumadas agencias de Washington y los consejos de administración de las corporaciones no han llegado a un consenso sobre si el objetivo de Estados Unidos debería ser la cacería mercantilista de un déficit comercial bilateral más bajo, la búsqueda impulsada por accionistas de ganancias en las subsidiarias de propiedad estadounidense en China o una campaña geopolítica para obstruir la expansión de China.

Mientras tanto, Xi oscila entre sombríos llamados a la autosuficiencia nacional un día y alabanzas a la globalización al siguiente, mientras que la Unión Europea no está segura si es un aliado estadounidense que se ha alejado, un socio chino o una superpotencia liberal que está despertando por mérito propio.

Ideas confusas generan resultados confusos. Huawei Technologies Ltd., un gigante tecnológico chino, enfrenta una campaña tan desarticulada de presión estadounidense que sus ventas se incrementaron un 18 por ciento en 2019 para llegar a un récord de 122.000 millones de dólares.

La Unión Europea ha restringido las inversiones chinas incluso a pesar de que Italia se ha unido a la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda de China, un enlace de vías marítimas y ferroviarias con fines comerciales.

El país asiático se pasó el 2019 prometiendo que le daría acceso a Wall Street a sus grandes y primitivos mercados de capital aunque eso socavara el Estado de derecho en Hong Kong, su centro global de actividad financiera. El acuerdo comercial de “Fase 1” se ajusta a este patrón. Mezcla los objetivos mercantilistas y capitalistas, deja intacta la mayoría de los aranceles y hace a un lado los desacuerdos más profundos para lidiar con ellos posteriormente. El objetivo táctico de Trump es ayudar a la economía en un año electoral, China está feliz de ganar más tiempo.

La incoherencia geopolítica no es segura ni estable. Es verdad que todavía no ha infligido un costo económico grande —desde 2017, los flujos de comercio bilateral y de inversión directa entre las superpotencias han disminuido un 9 por ciento y un 60 por ciento, respectivamente—, pero la economía mundial aun así creció alrededor del 3 por ciento en 2019.

Algunos negocios, como el de las 4125 cafeterías de Starbucks Corp. en China nunca se verán afectados. Sin embargo, la confrontación se extiende de manera constante a nuevos sectores. Los campus de Estados Unidos están convulsionados por la amenaza roja en el espionaje y la intimidación chinos.

Estallan disputas sobre atletas que se doblegan ante China, los derechos navales para atracar y la supuesta censura en TikTok, una aplicación china usada por adolescentes de todo el mundo. En el fondo se encuentra el riesgo de una confrontación entre las superpotencias por Taiwán, que tendrá elecciones en enero.

Cada bando planea una retirada que limita la influencia cotidiana de la otra superpotencia, reduce su amenaza a largo plazo y mitiga el riesgo de sabotaje económico.

Esto involucra un conjunto excepcionalmente complejo de cálculos, porque las dos superpotencias están muy entrelazadas.

En materia de tecnología, la mayoría de los dispositivos electrónicos en Estados Unidos son ensamblados en China y, de manera recíproca, las firmas chinas de tecnología dependen de proveedores extranjeros para más del 55 por ciento de sus insumos de alta gama de robótica, el 65% de los usados en la computación en la nube y el 90 por ciento de aquellos en semiconductores.

Le llevaría de diez a quince años a China volverse autosuficiente en cuanto a circuitos integrados y a Estados Unidos cambiar de proveedores. Sucede lo mismo en las altas finanzas, que podrían servir como un vehículo para las sanciones.

El renminbi representa solo el dos por ciento de los pagos internacionales y los bancos chinos tienen más de un billón de dólares en activos. De nueva cuenta, hacer que los socios comerciales cambien al renminbi y se disminuya la exposición de los bancos al dólar tomaría al menos una década, probablemente más.

Cuando se trata de investigación, China todavía capacita al mejor talento y encuentra sus mejores ideas en las universidades estadounidenses de gran prestigio, en este momento, hay 370.000 estudiantes de China continental en los campus de Estados Unidos.

Si la rivalidad entre las superpotencias se saliera de control, los costos serían enormes. Para duplicar una cadena de suministro de hardware se necesitarían 2 billones de dólares o más, el seis por ciento del producto interno bruto combinado de las superpotencias. El cambio climático, un gran desafío que podría brindarles un propósito en común, sería incluso más difícil de combatir.

También está en riesgo el sistema de alianzas que es un pilar para la fortaleza de Estados Unidos. Alrededor de 65 países y territorios dependen de China como su proveedor más grande de importaciones y, si se les pidiera elegir entre las superpotencias, no todos optarían por el Tío Sam, especialmente si continúa con su política actual de “Estados Unidos primero”. Lo más preciado de todo son los principios que realmente hicieron grandioso a Estados Unidos: las reglas globales, los mercados abiertos, la libertad de expresión, el respeto a los aliados y al debido proceso.

En la década de los años 2000, la gente solía preguntar qué tanto se volvería China como Estados Unidos.

En la década de 2020, la pregunta más importante es si la separación total de las superpotencias podría hacer a Estados Unidos más como China.



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