Para Juan Antonio Tack, gran maestro


Para doña Berta Alicia Chen, escritora y lexicógrafa. Para don Fermín Chan, promotor del conocimiento. Para don Julio Yao, poeta y maestro. Para mis paisanos. Soy su paisana.

Una mañana entré a un bien montado almacén de celulares en El Dorado. Generalmente, quienes atienden a los compradores en ese lugar son jovencitos de rasgos achinados que manipulan los aparatos electrónicos con gran destreza: los ofrecen, los muestran, los abren, los cierran, explican, se mueven, se agitan… Yo esperaba un recibimiento semejante, pero esta vez no se acercó sino una señora de cierta edad que me dijo directamente: ¿usted es paisana? Sí, le dije después de pensarlo rápidamente: soy paisana suya porque soy panameña…, como usted. Largó la carcajada.

Terminada la transacción, me dio un buen precio. ¿Por qué la carcajada que acepté respondiendo con otra? Hubo una comprensión mutua. Éramos paisanas, dos personas del mismo país, del mismo lugar. Era un sentimiento adquirido en el transcurrir de la vida más que un conocimiento. Lo percibí, por ejemplo, en mi papá, para quien sus paisanos eran los tableños. Pero ¡ojo! porque cuando iba expresamente a Pueblo Nuevo (hace muchos años) a la tienda de Mario a comprar querosene, entre Mario y mi papá se establecía una especie de complicidad: entendían que eran paisanos. Se saludaban muy amigablemente y conversaban. Está claro. Mario era chino y mi papá era conversón.

En Panamá, “paisano” es una palabra para decirse “familia”, “hermano”, “amigo” entre chinos y panameños o entre gente del mismo lugar. Por eso, cuando aquella señora me preguntó si yo era paisana sentí un soplo de amistad desde aquella mujer desconocida que reconocía en mí a una amiga. Soy panameña. Miren ustedes algo más. En el saloncito de belleza de Zoila siempre estaba una pequeñita que era hija de los vecinos de puerta: los dueños de una tienda de chinos, es decir, una tienda al por menor. Mientras esperaba mi turno en el salón, observaba los movimientos de la niña: ella quería ayudar a hacer las uñas de los pies; indicaba cuál era el mejor color; a la hora de cobrar, era ella quien quería dar el vuelto; se subía a un banquito para observar cómo se sacan las cejas… Por supuesto que todo aquello era un feliz revoloteo, hasta que llegó doña Impaciente: ¿Qué haces aquí, chinita, calentando la casa ajena? ¡Vaya para su casa! Y allí se escuchó duramente la voz de la niña: ¡Yo no soy chinita!!! ¡Soy panameña!

El día 30, cuando fueron agasajados por la Asamblea Nacional los panameños doña Berta Alicia Chen, don Fermín Chan y don Julio Yao sentí una gran alegría porque me pareció que eran pasos para saldar muchas deudas. Ojalá quisiera la Asamblea Nacional continuar el homenaje al hacer que sean subidas a la web las siguientes obras completas:

1. La obra completa Berta Alicia Chen (cuando lo decida)

2. Obra completa de Julio Yao (cuando lo decida)

3. Obra de Fermín Chan (sus memorias)

4. Obra completa de Juan Antonio Tack.

5. Obra completa de Eustorgio Chong Ruiz.

6. Obra completa de Carlos Francisco Changmarín.

7. Obra completa de César Young Núñez.

8. Obra de Carlos Wong Broce. (Panamá,…+2015)

Y continuar el homenaje: iniciar un trabajo de recuperación de escritores chino-panameños desconocidos, como Raúl Wong (Panamá, 1916-1946); Antonio Wong (Colón, 1933). El Dr. Wong Vega aportaría mucho conocimiento a este trabajo. Esto sería magnífico. Hace 22 años, motivada por el Centenario de la República, la Asamblea Nacional publicó una colección de obras literarias panameñas muy importantes que alguna vez deben (obligatoriamente) ser subidas a la web, porque se trata de llevar nuestra literatura al conocimiento del mundo. Ojalá y… Lo digo por si acaso.

La autora es lexicógrafa y profesora



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