Orígenes de nuestro constitucionalismo republicano


Doscientos años atrás, Panamá se independizó de España y se unió al Estado Republicano de Colombia, como lo consigna nuestra Acta de Independencia del 28 de noviembre de 1821. Por ende, además del bicentenario de la independencia, tenemos dos siglos de haber adoptado el sistema republicano, en sustitución de la monarquía española que imperó hasta entonces.

El régimen republicano que nos abarcó desde la independencia fue adoptado el 30 de agosto de 1821 por el Congreso General de Colombia, reunido en la Villa del Rosario de Cúcuta—hace dos siglos, esta misma semana—sin que en nuestro medio se haya organizado evento alguno para reflexionar al respecto de un acontecimiento tan trascendental, cuya fecha conmemorativa ocurrió anteayer.

Como lo señala el Dr. Alfredo Castillero Calvo en el prefacio a su magnífico libro 1821: La independencia de Panamá de España y su época (2021): “Pocos momentos de cambio ha vivido Panamá en su historia como el de aquellos años. Porque 1821 marcó, sin la menor duda, un antes y un después.”

En Panamá, sin embargo, los “rectores”, “jerarcas” y “autoridades”, que actúan con ridículas aspiraciones seudo monárquicas, superadas en nuestro hemisferio doscientos años atrás, ignoran la relevancia de estos sucesos, que para ellos solo tienen valor si pueden aprovecharse para el reparto presupuestario y el jolgorio chabacano que concuerda con su primitivismo.

La Constitución de Cúcuta marcó el inicio de nuestro recorrido republicano, de la mano de Venezuela, Ecuador y la actual Colombia. Esa carta política, de tendencia conservadora y centralista, constituye el punto de partida de nuestro constitucionalismo republicano.

Hay que preguntarse en cuántas facultades de derecho se habla, siquiera, sobre el particular y—más aún—cuántos autodenominados “juristas” entienden la naturaleza, propósitos e importancia del sistema republicano, como fórmula política más conducente a la felicidad de los pueblos, según lo declaró el Libertador Simón Bolívar en su Carta de Jamaica (1815), en la que expresó, con gran acierto: “los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos”.

Acá, sin embargo, la mal llamada “clase política”, formada en las entrañas de la narcodictadura castrense, no se ha dado por enterada de los avances institucionales logrados hace dos siglos. Está empeñada en destruir la poca institucionalidad republicana que queda vigente para instaurar a plenitud un reinado chabacanamente carnavalesco (y mafioso), con su propio dios Momo a la cabeza (al estilo del virrey de Penonomé).

Así como ha sufrido continuos asedios, el recorrido republicano que iniciamos en 1821 ha sido fortalecido gracias a los sacrificios y ejecutorias de estadistas íntegros a los que el pésimo gobierno, los medios de comunicación, los desatinados gremios profesionales y las despistadas organizaciones culturales mantienen en el olvido. Gil Colunje (1831-1899), nacido en esta fecha (1 de septiembre)—190 años atrás—es uno de los panameños que más contribuyó al desarrollo republicano del istmo y Colombia.

Inspirado por el liberalismo, lo mismo que Tomás Herrera, José de Obaldía y Justo Arosemena, Colunje tuvo una activísima vida política a lo largo de la cual ejerció funciones en las tres ramas del Estado (legislativa, ejecutiva y judicial), tanto en Panamá como en Colombia. Redactó el primer Código Civil panameño (1861) y fue magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Colombia.

En la altiplanicie bogotana, adonde falleció, también fue secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores y rector del Colegio Mayor del Rosario, una de las más antiguas universidades colombianas (fundada en 1653), de la cual había egresado, en su juventud, con el grado de doctor en Jurisprudencia. Como ministro de Asuntos Exteriores, emitió una célebre nota circular (1872) en la que incitaba a los gobiernos de América a la solidaridad con el pueblo cubano, “no solo para separarse del yugo español sino también para acabar con ‘ese estigma afrentoso para la humanidad que se llama esclavitud’”, como nos lo recuerda el Dr. Juan Cristóbal Zúñiga (https://destinopanama.com.pa/2020/07/31/panama-y-la-independencia-de-cuba/).

Supongo que la Corte Suprema de Justicia, ese receptáculo de virtud y erudición, no escatimará honores al Dr. Colunje en el 190 aniversario de su natalicio, como tampoco le negará reconocimientos el insigne Colegio Nacional de Abogados, dedicado últimamente a repartir medallas a diestra y siniestra (muchas veces, a personas que no las merecen).

Tampoco lo ningunearán las asociaciones de comunicadores, en vista de su activísima actuación como publicista—así se llamaba entonces a quienes escribían para el público—aunque nunca se graduó de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá (por lo cual, seguramente, esos mismos notorios gremios rehusarán reconocerlo como periodista).

Colunje cultivó la poesía y es autor de la primera novela romántica panameña, La virtud triunfante (1849). Su talante humanístico coincide con el de otro gran repúblico, José Isaac Fábrega, quien nació en Santiago de Veraguas el año siguiente del deceso de Colunje y falleció el 3 de septiembre de 1986: 35 años atrás, el próximo viernes.

Seguramente, las organizaciones antes mencionadas, así como la Academia Panameña de la Lengua—de la cual fue miembro distinguido—y la Alcaldía de Panamá “regentada” (como dicen los monárquicos del patio) por uno de sus descendientes, le tienen preparado a este gran jurisconsulto y patriota un homenaje singular.

Fábrega lo merecería con creces por su trayectoria correcta y sus contribuciones al desarrollo nacional en el ejercicio de funciones públicas en las tres ramas del Estado, al igual que Colunje. Sobresalió como redactor de La Estrella de Panamá, el más antiguo diario panameño y, además como diputado (1932-1936) y constituyente (1945-1948).

En el ejercicio de esa función, nos recuerda la importancia de renovar y vigorizar el sistema republicano a través del ejercicio del poder constituyente, originario y soberano. En el bicentenario de nuestro constitucionalismo republicano, no perdamos de vista esta enseñanza.

El autor es politólogo e historiador y dirige la maestría en Asuntos Internacionales en Florida State University, Panamá.



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