“No hay atajos para hacer desaparecer la ansiedad por volver al trabajo”


En septiembre todos volvemos al trabajo y, tras un periodo de vacaciones, el malestar puede aflorar. Por eso, Rafael San Román, psicólogo de ifeel, nos responde hoy a algunas preguntas sobre las emociones que surgen cuando hay que volver al trabajo, sobre todo, al trabajo presencial.

Ahora que ya nos habíamos acostumbrado al teletrabajo, la vuelta al trabajo presencial ¿por qué genera tanto rechazo?

Precisamente por la fuerza de la costumbre que habíamos adquirido. Por lo general, estamos preparados para la rutina, que significa comodidad, porque eso requiere invertir menos energía que enfrentarse a algo novedoso. Los cambios cuestan, porque implican un esfuerzo de flexibilidad. Si, además, la rutina que hemos adquirido nos satisface más que el escenario al que tenemos que dirigirnos, aumenta la probabilidad de sentir rechazo hacia ese cambio, porque nos cuesta ver la posible ganancia que podemos obtener, sino que nos centramos en lo que perderemos con ese cambio.

¿Tiene que ver este malestar con que se produzca después de las vacaciones?

Eso ya depende de cada persona. Quizá para algunas personas les supone un agravante, mientras que para otras puede que les ayude la coincidencia, dado que se junta el empezar el curso con el cambio de formato y así se matan dos pájaros de un tiro.

“Los cambios cuestan, porque implican un esfuerzo de flexibilidad”

¿Qué síntomas pueden aparecer al volver al trabajo presencial? ¿Hay algunos que puedan pasar desapercibidos y que pueden provocar problemas mayores si no se resuelven?

Depende del grado de rechazo que le produzca la presencialidad a la persona, debido a las implicaciones que tiene asistir al trabajo presencial. La mayor parte de las personas que prefieren el teletrabajo se sentirán, como mínimo, incómodas y malhumoradas al ir introduciendo la presencialidad en su agenda. En casos más extremos, donde la diferencia entre el teletrabajo y la presencialidad sea realmente notoria a favor del primero, pueden aparecen síntomas más intensos de estrés, ansiedad, somatizaciones, rabia, irritabilidad, peor descanso la noche antes e insatisfacción por ver descender la productividad por un aumento las interrupciones cuando estamos en la oficina.

¿De qué forma se podría gestionar esa ansiedad por “volver a ver al jefe”?

No hay atajos para hacerla desaparecer, muchas veces tiene un gran componente anticipatorio que no empieza a desactivarse hasta que se produce el regreso y por fin se “rompe el hielo” y la persona empieza a habituarse a estar expuesta al estímulo aversivo (el jefe). En general, es importante tener capacidad para relativizar las cosas, distraerse, no quedarse enganchado en lo negativo, buscar refugio en la parte positiva de la presencialidad, centrarse en la tarea en lugar de en lo desagradable que resulta la presencia del jefe y tener paciencia con uno mismo, sabiendo entender por qué reaccionamos con esa ansiedad y, como se dice coloquialmente, aguantándonos.

“La mayor parte de las personas que prefieren el teletrabajo se sentirán, como mínimo, incómodas y malhumoradas”

¿Por qué, a veces, cuesta tanto volver al trabajo tras las vacaciones?

Las vacaciones, si se tiene suerte y se saben disfrutar y aprovechar, son un periodo sin obligaciones, supervisiones, reuniones indeseadas, compañías desagradables, horarios rígidos, tareas difíciles, objetivos a cumplir que se experimentan como amenazas… Además, se utilizan para hacer cosas agradables y llevar un ritmo más amable que el que habitualmente nos exige el trabajo. Por tanto, dejar eso atrás y volver al encorsetamiento del trabajo no es plato de buen gusto para mucha gente. Requiere un tiempo coger el ritmo tras el parón vacacional; eso mucha gente lo hace con fluidez pero para otras personas supone un gran desgaste.

Siempre se ha hablado del síndrome post-vacacional, ¿se podría hablar ahora de un síndrome post-teletrabajo?

Por poder, se puede, pero siempre con cautela, dado que estas etiquetas -que no son en absoluto rigurosas, oficiales o académicas- tienen una parte de verdad pero también tienen una gran parte de exageración, dando la impresión de que se trata poco menos que de trastornos mentales cuando en absoluto es así, aunque la experiencia subjetiva desagradable de quien lo padezca sea real. 



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