Nada es imposible, el último espectáculo del Mago Pop


Antonio Díaz, el Mago Pop, en una imagen promocional de su espectáculo Nada es imposible.
JAVIER NAVAL

Un hombre menudo vestido estrictamente de blanco y negro ya saluda, sonriente, desde el escenario mientras en el patio de butacas una mujer todavía exclama llevándose las manos a la cara: “¡No puede ser! ¡No puede ser”. Parece que el hombre sabía lo que hacía cuando decidió bautizar su último show.

Después de atraer en apenas cuatro años a más de 800.000 espectadores con La gran ilusión, el Mago Pop, uno de los ilusionistas contemporáneos más reconocidos, llena desde hace unos meses el Rialto de Madrid con Nada es imposible.

Antonio Díaz consigue que las palabras ‘espectáculo’ e ‘ilusionismo’ adquieran su máximo significado en este nuevo montaje. La función no da respiro: durante una hora y media se suceden las sorpresas en forma de juegos con cartas, predicciones, desapariciones, teletransportaciones… enmarcados en una cuidada producción y con el humor como hilo conductor.

Su protagonista hace gala de una técnica prodigiosa. No en vano uno de los números más modestos, en el que Díaz maneja pelotitas entre los dedos de una mano, es también uno de los más impresionantes.

Espectadores de todas las edades —el espectáculo está recomendado a partir de los 3 años le responden participando activamente de su actuación. El mago con cara de niño tiene la televisión como plataforma de difusión masiva (conduce El Mago Pop: 48 horas con en Dmax) y en el teatro ofrece a su público la cercanía y la vida del directo.

Él reivindica la magia como arte escénica, y cumple con lo que le toca. Al espectador de Nada es imposible le basta con usar la imaginación como medio de transporte para hacer un viaje sensorial sin necesidad de levantarse del asiento.



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