Música de dioses en tierra de reyes


Que la Fundación Princesa de Asturias haya elegido las antiguas instalaciones de la Fábrica de Armas de la Vega en Oviedo para realizar algunos de los actos que ha ido programando durante los últimos años, no es casualidad. 

La Vega es una extensión de terreno de más de 12 hectáreas ocupado, en un principio, por el palacio del rey más importante de la monarquía asturiana, Alfonso II el Casto (siglos VIII-IX) y, posteriormente por el monasterio de Santa María la Real de la Vega, adonde se retiró en el siglo XII Gontrodo Petri, madre de la hija del rey Alfonso VII, llamada Urraca, reina de Navarra, también conocida como Urraca “la asturiana”. Con el tiempo, esta extensión de terreno monacal acogió a una de las más importantes fábricas de armas de España, hoy en desuso. 

Sus asombrosas naves, construidas en ladrillo a finales del siglo XIX y en hormigón y hierro fundido, a principios del XX se prestan, incluso en ese digno estado que denota el paso del tiempo, para múltiples ideas. 

Y la Fundación Princesa de Asturias se apuntó el tanto porque el escenario da mucho juego. Ayer jueves, y con motivo de la celebración de esta rara edición de los Premios Princesa de Asturias, la cuarenta ya, y que, debido a la situación sanitaria que está viviendo el mundo entero está guardando todas las precauciones sanitarias para la celebración de éste y de todos los eventos (dispositivo rastreador anti-covid, gel hidroalcohólico, control del D.N.I. a todos los asistentes, etc), se celebró un inolvidable concierto en el que las creaciones de dos dioses de la música sinfónica y cinematográfica del siglo XX dio calor y color a la fría noche de octubre. 

Galardonados con el Premio Princesa de Asturias 2020 de las Artes, Ennio Morricone y John Williams eran los protagonistas, a través de sus melodías, del evento más mágico de los celebrados para el público en general, dentro de los programados. 

El espíritu del gran compositor italiano Ennio Morricone (Roma 1928-6 julio 2020) y la vida del compositor más laureado de la historia de la música, John Williams (Nueva York 1932) sobrevolaron los 5.184 metros cuadrados de espacio de la nave denominada ‘Taller de cañones, nave de Sánchez del Río’, su ingeniero creador en 1940 y desde donde se avista el prerrománico templo alfonsino de San Julián de los Prados. 

Sus creaciones musicales fueron interpretadas, en la primera parte, a la batuta, por un muy enérgico y entregado Andrea Morricone, hijo de Ennio, dirigiendo a una inmensa OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, una de las más veteranas de España) y en la segunda parte, por el magnífico director de orquesta ovetense, de proyección internacional, Óliver Díaz. Los ochenta y cuatro componentes de la OSPA nos hicieron soñar con su maestría, integrándose completamente en el repertorio, cuidadosamente seleccionado. 

En el concierto, que comenzó diez minutos pasadas las ocho se desgranaron varios de los temas, de entre los más conocidos, de estos dos genios de la música contemporánea, especializados en bandas sonoras para cine. 

Compartimentados en cuatro bloques, los temas que lideró Morricone, recordando a su padre fallecido y laureado en múltiples ocasiones, nos hicieron recordar películas tan conocidas como Los intocables de Eliot Ness y Érase una vez América, con Déborah’s Theme, tan interpretado por el maestro romano. Otras piezas inolvidables fueron el Tema de amor de Cinema Paradiso, primera composición de Andrea Morricone para el cine, el conocido y mágico Gabriel’s oboe de La Misión que provocó numerosos aplausos dirigidos al oboísta de la OSPA Juan A. Ferriol, y los clásicos dentro del cine de Sergio Leone como Hasta que llegó su hora o El bueno, el feo y el malo. En esta parte del repertorio destacó la vocalización de la magistral y joven soprano italiana, Vittoriana de Amicis que dejó al público maravillado. Ya en la segunda parte, enlazada sin solución de continuidad, sin descanso, Óliver

Díaz dirigió de nuevo a la OSPA con un conjunto de diversos y muy conocidos temas del reputado director, pianista y compositor John Williams. Aunque a la entrada, los asistentes ya fueron “saludados” por diferentes personajes de la Guerra de las Galaxias, estupendamente caracterizados, la música de esta gran banda sonora sonó en dos ocasiones en esta segunda parte del programa, su tema principal y la marcha imperial para cerrar el concierto. 

Pero, entre una y otra, la ya muy empastada orquesta nos hizo revivir el terror que sentimos al ver en el cine Tiburón, vibrar y entristecernos al escuchar el rasgado violín de La lista de Schindler acariciado por las sabias manos del gran violín solista Jesús Reina, transportarnos por el espíritu Harry Potter con ese instrumento tan curioso y evocador que es la celesta, volvimos a la infancia con los acordes del violín en El violinista en el tejado de la que Williams adaptó la música, original de 1964, nos emocionamos con la conocidísima Raiders March de Indiana Jones y nos despedimos con una gran sonrisa, de nuevo, con la Marcha Imperial de Stars Wars

Muchos aplausos, calidez en una noche fría tras disfrutar de esta acertada selección de piezas reconocidísimas por todos, y un civilizado paseo del público asistente al salir por entre las naves, calles, muros y ventanales de La FPAbrica, que es como se llama desde que la Fundación Princesa de Asturias la adoptó. ¡Larga vida a la música de cine, creación magistral de estos dioses terrenales, Morricone y Williams, auténticos reyes de emociones eternas!

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