Luchemos contra el enemigo de la primera infancia: la desnutrición.


La primera infancia es la etapa entre los cero y los ocho años de vida. Se trata de una etapa indiscutiblemente crucial en el desarrollo de habilidades sociales, emocionales y cognitivas. Sienta las bases de toda una vida.

Según estadísticas de La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en Panamá, a mediados del 2010, la primera infancia (653 mil niños de cero a ocho años) representaba el 16,6% del total de la población.

¿Por qué atender a los niños? ¿Por qué prestar atención a la primera infancia y, en especial, a su nutrición?

Los infantes en estado de desnutrición presentan un mayor riesgo de padecer ‘un desarrollo mental y físico deficiente. De hecho, la desnutrición infantil tiene daños colaterales en la educación de la niñez que incluyen reducción de la atención; falta de concentración a la hora de realizar tareas; alteraciones en la conducta; y dificultades para aprender, comunicarse o socializar con otros niños. Aquel niño con metas, sueños y deseos de aprender, regularmente cuenta con mayor disposición en su actividad escolar. Los niños en estado de desnutrición o mal alimentados, tienden a presentar conductas de apatía, indiferencia y falta de motivación.

Ya lo advirtió, El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en su informe del estado mundial de la infancia de 2019: “La nutrición infantil debe ocupar un lugar central en los sistemas alimentarios nacionales: satisfacer las necesidades nutricionales específicas de los niños es crucial para su desarrollo vital”.

Un estatus socioeconómico precario limita el alcance a la ingesta de proteínas, grasas, hierro, zinc y aminoácidos esenciales en la primera infancia, poniendo en riesgo las condiciones de salud de los infantes y provocando, asimismo, un gran impacto en el futuro neurodesarrollo del niño. A pesar de lo que la evidencia científica y convencional señala en cuanto a la nutrición adecuada de lactantes y niños, en Panamá, el estudio “Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional 2018”, sobre la desnutrición, subraya que el 19% de los niños panameños menores de cinco años padecen de desnutrición (68 mil infantes), un indicador que poco favorece la seguridad alimentaria del niño, tan necesaria para que pueda crecer y desarrollar a plenitud sus capacidades físicas, emocionales y neuropsicológicas.

La desnutrición infantil tiene un impacto en la sociedad de manera inmediata, pues las posibilidades de enfermedad y muerte de la niñez aumentan de manera acelerada. Afecta la acumulación de un importante indicador: el capital humano, una de las principales vías para que nuestro país pueda salir del atraso y del subdesarrollo que muchos críticos sociales manifiestan con justa razón, con el objetivo de dar atención prioritaria a esas familias en situación de pobreza, a fin que superen estas situaciones de vulnerabilidad.

La desnutrición se ha convertido en un factor exponencial de la exclusión social. Es quizás la más grande barrera a superar para construir la sociedad que todos anhelamos, con equiparación de oportunidades y acceso a todos los deberes y derechos consagrados en nuestra Carta Magna . En atención a ello, cabe preguntarse, ¿cómo esperar que nuestra sociedad esté marcada por la convivencia social, el respeto mutuo y el esfuerzo colectivo, si miles de niños panameños inician su vida en condiciones que limitan su desarrollo vital?

Son múltiples las razones por las que debemos trabajar por la niñez, aunando esfuerzos para dotarlos de las condiciones esenciales a fin de que puedan ejercer el derecho a la salud y a la alimentación, tomando en cuenta que son los niños, seres individuales con derechos, aspiraciones y expectativas.

Invertir en los niños es indispensable. Urge fortalecer las alianzas entre las autoridades y la sociedad civil, para mejorar las condiciones de vida de los menores, hoy, la mayor responsabilidad del Estado, de las entidades políticas y sociales que tienen la obligación de asegurar una niñez sana en “cuerpo y alma”, en especial en un entorno de pandemia que los hace aún sí cabe más vulnerables, en un país en que 1 de cada 3 niños es pobre. Nuestro futuro como sociedad y como país, depende de ellos.

El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación



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