Los republicanos hicieron un trato con el diablo


El Partido Republicano le dio galones de gasolina y una caja de fósforos a un hombre inestable a cambio de mantener el poder. Ahora se sorprendieron cuando vieron las llamas y perdieron todo el control. El costo para ellos es enorme.

“El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”, Kevin Spacey en Los sospechosos de siempre citando a Charles Baudelaire.

Horas antes de la toma del Capitolio en Washington, el Partido Republicano estaba enviando unos mensajes de texto operativos que, según el periodista Jake Tapper, lucían así: “Puede que sea mejor, en lugar de recriminaciones, reconocer tácitamente que hicimos un trato con el diablo durante cuatro años”.

Una gran parte de los congresistas republicanos parece comenzar a aceptar que son responsables de la actual crisis en el país. Hay que recordar que desde un inicio ellos sabían que las cosas iban a salirse de control si dejaban que un populista como Donald Trump llegara a la Casa Blanca. “Si nominamos a Trump, seremos destruidos… y lo mereceremos”, escribió el senador republicano Lindsey Graham en mayo de 2016.

Pero como Graham, decenas de republicanos prefirieron que un individuo, al que le entregaron galones de gasolina y una caja de fósforos, encendiera a la nación e intentara destruir todas las instituciones durante cuatro años a cambio de tener el poder. El intento de golpe de esta semana, sin embargo, simplemente fue demasiado para asimilar y ahora la mayoría quiere tomar distancia de todo lo ocurrido. Por ello les sugieren a sus seguidores que se queden con lo “bueno” de estos años y que “miren al futuro”: a un nuevo Partido Republicano que se parecerá más al viejo. Borrón y cuenta nueva es lo que esperan.

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“(Pero) siéntanse orgullosos de lo que obtuvimos (jueces en la Corte Suprema, en los tribunales federales, la reforma fiscal y el fin del neoconservadurismo y la austeridad fiscal) y sigamos adelante”, agregaba el mensaje de los republicanos esta semana. Pero ahora que todo se les ha salido de control, pasar la página así nada más como sugieren no es tan sencillo. Y no solo porque la responsabilidad de lo ocurrido debe ser compartida y de igual manera deberían recibir un castigo como perder su curul; de hecho, así lo piden varias juntas editoriales y líderes de opinión (incluidas voces republicanas).

En primer lugar, ese trato que el Partido Republicano firmó con “el diablo” fue un pésimo negocio para la primera parte. Con Donald Trump al frente, los republicanos lograron llegar a la Casa Blanca en 2016 y mantener el control de la Cámara y del Senado. Pero en 2018 perdieron el control de la Cámara y en 2020 perdieron la Casa Blanca, la Cámara de nuevo y ahora el Senado. Lo perdieron todo.

Y sí, lograron poner a una serie de jueces ultraconservadores en los tribunales federales y en la Corte Suprema, pero esos nombramientos están en entredicho. Algunos jueces no cumplen con los requisitos para estar en el cargo, por lo que enfrentan procesos de “impeachment”. Y la próxima administración, que ya tendrá el control del Legislativo, podría adoptar medidas para reducir el legado de Trump en la Corte Suprema impulsando una reforma para que esos cargos sean por períodos y no vitalicios como hasta ahora. Lo que Trump les dejó a los republicanos fue muy poco, y lo que se llevó de ellos fue mucho; por esta razón, pasar la página será difícil.

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La mayor tragedia para los republicanos al apoyar a Trump fue perder el control de su partido luego de 167 años. El Partido Republicano está quebrado: ya no es el partido de Lincoln, Eisenhower o Reagan. Para muchos, este es el partido de Trump. Y algunos legisladores convencionales y veteranos, como Mitt Romney y Lisa Murkowski, que se convirtió en la primera senadora republicana en pedir la renuncia del presidente por “hacerle mucho daño al país” luego de lo ocurrido en la capital, pueden desear reconstruir su partido para regresarlo a los viejos días de gloria y autorregulación, pero tienen muchas barreras en el camino.

La primera es que no cuentan con la base de votantes de Trump, la cual es impresionante: consiguió 74 millones de votos en las últimas elecciones. Ese botín electoral es el que llevó a que senadores como Ted Cruz y Josh Hawley, dos de los senadores que respaldaron el fallido intento de Trump por objetar los resultados electorales en el Congreso esta semana, continuaran respaldando al presidente.

Dentro del partido habrá una gran pelea por ver quién y cómo se queda con los votantes de Trump, si es que él llega a salir del camino. Y aquí los republicanos convencionales como Romney y compañía tienen una desventaja: Trump, su familia y algunos de los pocos aliados que quedan a su lado convencieron a los trumpistas de que todos los que no apoyaron al presidente eran unos traidores, incluido Romney. Y ellos se creyeron ese cuento fantasioso. Si algo hay que destacar de la capacidad manipuladora de Trump fue el hecho de culpar de lo sucedido al vicepresidente, Mike Pence, y a los líderes republicanos, aunque fue él quien les dio la orden directamente a sus seguidores de invadir el Capitolio. Trump podría convencer al mundo de que él nunca existió.

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Para los republicanos convencionales será todo un desafío recuperar los votantes que se apropió Donald Trump enfrentando a los mismos miembros de su partido para conseguirlo. Además de los seis senadores que objetaron los resultados electorales y se arrodillaron frente a Trump, no hay que pasar por alto que en la Cámara 121 representantes republicanos apoyaron el plan del presidente esta semana y podrían continuar a su lado. Marjorie Taylor Greene, la representante fanática de las teorías de conspiración de QAnon solo es la cara más visible de esta resistencia pro-Trump. Mary Miller, otra representante trumpista, llegó a citar a Adolfo Hitler esta semana: “(él) tenía razón. Quienes tengan la juventud tendrán el futuro”. ¿Será el futuro del partido igual de extremista?

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Donald Trump Jr. ya anticipaba antes de la toma lo que vendría: prometió vencer a cada “traidor” en las urnas. Desde ahora y durante los próximos tres años, cada primaria, ya sea por una gobernación o una alcaldía, por un escaño en el Senado o en la Cámara, será sobre todo una lucha por el corazón y el alma del Partido Republicano. Cada cargo, por minúsculo que sea, importa para que los republicanos como Romney recuperen las riendas y se reconstruyan “los valores republicanos”. Entre tanto, el resto observará con asombro la autodestrucción en vivo del que alguna vez fue el partido de Lincoln.



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