Las vacunas: olimpiadas sin medallas


La carrera por desarrollar vacunas efectivas contra la Covid-19 le ha demostrado al mundo el alcance de la capacidad científica y tecnológica del género humano. Cual competencia olímpica para lograr el galardón dorado, las nuevas vacunas emergen en el horizonte hacia una meta que desafía la naturaleza y el espíritu del ser humano. Esa gran olimpiada de la ciencia comienza hace un par de siglos, con la historia de la vacunación. Me permito recordarles los devastadores azotes mundiales de enfermedades como la viruela y el polio. Y ahora, en vez de gratitud por el triunfo de la ciencia en dilucidar la identidad y puntos débiles del nuevo coronavirus, lo que vemos es un tsunami de desinformación que genera división y desconfianza.

En la historia de la medicina, la ciencia nos ha enseñado a batallar el misterio insondable de los virus, y nos ha revelado con precisión el nombre y la firma de aquellos virus que atacan y ponen en peligro la salud de los humanos. Al poco tiempo de los primeros casos de la Covid-19, tuvimos la identidad del villano, un nuevo coronavirus llamado SARS-CoV-2. El nuevo miembro de la familia de los coronavirus traería gran devastación al mundo. Este grupo de virus comenzó su ataque a la salud humana en el 2002, y entonces se inician esfuerzos por desarrollar una vacuna para su control, misma que fue “archivada” por la eventual supresión de aquel brote. Ahora, la nueva pandemia nos recuerda que no tenemos cura para el coronavirus.

Quisiera recalcar que uno de los legados mas intrigantes y perturbadores de la ciencia es hacernos entender que para los virus, prácticamente no existen medicinas efectivas. Los remedios para las bacterias, por ejemplo, son los antibióticos como la penicilina. Estos compuestos tienen la habilidad de controlar y curar enfermedades causadas por esta variedad de microbios. Desafortunadamente, no sirven para los virus. Igual pasa con los medicamentos antiparasitarios. La razón es sencilla: hay demasiadas variantes de virus y tener un tratamiento para uno, difícilmente servirá para muchos otros. Los medicamentos que ayudan a controlar a un virus afectan el material genético del mismo, el cual depende de un humano para expresarse. Por consiguiente, dichos medicamentos antivirales tienen la potencialidad de ser tóxicos y de uso delicado para nosotros. Inhibir a un virus “in vivo” en el cuerpo humano, conlleva causarle “daño colateral” al tejido que lo hospeda.

Por ende, no existe gobierno ni farmacéutica en el mundo con los medios necesarios para diseñar y costear tratamientos efectivos contra todos los virus existentes. Solamente a través de una vacuna segura y efectiva lograremos cortar el circulo vicioso y los estragos del coronavirus. La historia de la medicina lo ha demostrado. La viruela causó 300 millones de muertes y solo fue erradicada gracias a la vacunación en el año 1977. El polio dejó paralíticos a millares de niños y solo fue controlado con vacunas en occidente en 1994. La rubeola congénita, enfermedad devastadora para recién nacidos, se controla finalmente en Panamá en el 2015, con su vacuna. Y fue recién en el 2020 que un área del nordeste de África es liberada del ébola, también gracias a una vacunación masiva. Igual ha sido con enfermedades como el sarampión, paperas, tétano, difteria, tosferina, tuberculosis y rabia.

La ironía de la mentalidad “anti-vacunas” es precisamente el olvido sobre los estragos de las enfermedades mencionadas cuando se dejan a su libre albedrío, las cuales, gracias a las vacunas, ya no existen o casi no se ven. La vacunación infantil protege a los niños y, sorprendentemente, muchos adultos no tienen ni idea de haber sido beneficiarios de una vacunación eficiente y segura, porque palabras como polio y viruela nunca fueron parte de su vocabulario.

Las vacunas, al igual que todo medicamento, tienen posibles efectos adversos. Por eso existen las autoridades regulatorias internacionales que, basadas en leyes de cada país, vigilan el desarrollo farmacéutico y los datos de seguridad de nuevos tratamientos, cada uno para una indicación especifica.

En resumen, el desarrollo de las vacunas ha sido la olimpiada mas grande de la historia.

En ella, los atletas han sido médicos, científicos, laboratorios, gobiernos y pacientes. No habrá medallas de oro, plata o bronce para las primeras vacunas contra el coronavirus. Y la carrera final no termina hasta que todas las vacunas aprobadas, en conjunto, contribuyan a la meta de la inmunidad de rebaño. Solo entonces podremos declararle la victoria a la Covid-19.



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