“Las personas con altas capacidades pueden sentirse excluidas”


En el idioma inglés existe una expresión que dice ‘ignorance is bliss’. Se trata de una reflexión muy antigua, transversal a muchas culturas y pensadores: la de que, de alguna manera, el saber, el conocimiento y la voluntad de hacerse preguntas más allá de lo aparente arrebatan la posibilidad de una vida sencilla y feliz. Que, en cierto modo, lo que damos a llamar ‘inteligencia’ (o, más recientemente, ‘inteligencias’) es una suerte de maldición que otorga un gran potencial, pero condena a la desdicha a aquel sobre el que recae.

Sin embargo, las ramas del saber que trabajan con estos dos conceptos fundamentales (‘inteligencia’ y ‘felicidad’) se han preguntado por mucho tiempo si esto es realmente así. Y, como suele ocurrir, parece que la realidad es mucho más compleja.

La inteligencia, un concepto difuso

Quizás, un buen punto de partida para abordar el dilema es delimitar con claridad qué entendemos por dos ideas tan sumamente abstractas como son la inteligencia y la felicidad.

Tal y como explica a 20Minutos Francisco Camino, psicólogo especializado en neurociencia y en trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y trastornos de ansiedad, “se consideran sujetos con altas capacidades intelectuales todas aquellas personas con unos índices superiores a la media en cognición“. 


La principal dificultad, así, radicaría en medir la cognición de las personas. “Usualmente, se ha categorizado el índice CI (Coeficiente Intelectual) como un medidor de estas capacidades”, señala, “pero en estas últimas décadas se les ha dado cada vez más relevancia al resto de capacidades relacionadas con la emoción o las habilidades creativas, así como las perceptivas o sensoriales”.

Y es que, de acuerdo con lo que indica este experto, los que tradicionalmente se han considerado indicadores de la inteligencia han venido siendo objeto de importantes críticas. Para muchos, ofrecen una visión muy limitada de las capacidades de una persona al centrarse solo en determinadas habilidades, y para otros, no tienen en cuenta factores condicionantes como el estado de ánimo; esto ha llevado a que exista una tendencia a realizar una evaluación más integral de cada caso concreto, teniendo en cuenta aspectos variados que atañen a diferentes conjuntos de habilidades.

La felicidad, subjetiva

Por su parte, la definición de la felicidad plantea una dificultad casi mayor. “Podría dar lugar a días de debate”, advierte Camino: “La felicidad está relacionada con la autorealización, el autocontrol o la coherencia. También se relaciona con el manejo de nuestros miedos o con la superación y la plenitud a través de la satisfacción. Tal vez podría definirse la felicidad como un estado psicológico de armonía entre lo que se quiere y lo que se hace“.


Cuando la fuente de la autoestima y del bienestar la situamos en el exterior, aparece el problema.

“Es una pregunta”, continúa, “que podría ser respondida de muchas maneras. Una persona estoica te respondería que es el estado de imperturbabilidad. Un racionalista te contestaría que la felicidad es un estado al que se llega mediante el conocimiento y la curiosidad. Una persona contemplativa concluiría que la felicidad es la aceptación y el altruismo frente a la adversidad”.

“En fin, el concepto de felicidad forma parte de lo que denominamos constructo y tiene una parte de subjetividad. Cada persona llega a su “felicidad” por sus propios métodos”, sintetiza.

Las personas más inteligentes tienden a sentirse excluidas

Sea como sea, y entrando ya en el quid de la cuestión, Camino opina que estos dos parámetros sí que están relacionados. A la pregunta de si las personas más inteligentes son menos felices, responde que “ocurre en la mayoría de los casos”. Sin embargo, no cree que la infelicidad sea inherente a la alta inteligencia, sino que tiene más que ver con la relación entre el entorno y estos individuos tan particulares.

“Cuando una persona con estas características no ha sido estimulada en los entornos adecuados o con la metodología correcta”, desarrolla, “puede desembocar en periodos vitales con ansiedad y depresión. Puede sentirse rara o extraña y excluida del grupo de pertenencia. Además, la enseñanza ortodoxa o meramente académica puede resultarle aburrida, lo que puede disparar el abandono o desmotivación hacia los estudios”.


Muchos niños con altas capacidades aprenden a leer y escribir de forma autodidacta entre los tres y cuatro años.

“Puede ocurrir la situación de que estas personas se sientan comprendidas o sus maestros detecten sus habilidades y sean reconducidas. Para ello, se debe adaptar la educación a las circunstancias de la persona con estas capacidades”, añade.

Hay que subrayar aquí las dificultades únicas en la relación con los iguales, tan importante durante la etapa formativa. “Estos niños y niñas suelen sentirse raros e incomprendidos”, dice el psicólogo: “A veces presentan hipersensibilidad lo que puede llevarles a experimentar sensaciones o emociones de manera muy intensa. Otras, ante la hiperactividad de sus cerebros, pueden padecer una sobrecarga sensorial que provoca que prefieran estar solos”.

“Pueden cuestionarse preguntas que les abruman o que les hagan plantearse el sentido de la vida o de la muerte, lo que muchas veces acaba desembocando en querer estar solos, viendo en los demás banalidad o un absurdo en sus conductas”, añade.

Deficiencias en la detección

Todo esto hace que sea clave, para las familias y para los entornos educativos, detectar a estos niños o niñas y responder adecuadamente a sus necesidades. “Hay un gran número de ocasiones en las que estas características pueden ser confundidas con déficit de atención e hiperactividad”, corrobora Camino. “Es por eso importante realizar un diagnóstico diferencial”, detalla.

“La diferencia, de hecho, radica en que estos niños pueden parecer desorganizados o inatentos en algún área pero en otras observarse todo lo contrario. En muchos colegios pueden pasar desapercibidos debido a que el profesorado y los padres no tienen suficiente formación en este campo. Durante muchos años el TDAH ha sido el cajón de sastre de los niños y niñas desadaptados”, afirma.


Los lápices, dentro y fuera de clase, les ayudan a desarrollar su creatividad.

De hecho, expresa, “hay un porcentaje muy elevado de personas con altas capacidades que llegan a la edad adulta sin ser reconocidas como tal, siendo víctimas de fracaso escolar, acoso, insatisfacción o desencanto hacia sus expectativas laborales”.

Y, en opinión de este experto, conocer estas características especiales de la personalidad es importante no solo para padres y educadores, sino también para los propios individuos: “Es positivo que estas personas sepan que tienen altas capacidades, ya que conocer su condición y lo que les ocurre puede reducir el malestar y la incomprensión que experimentan y a efectos prácticos podrían llegar a no aislarse”.

“Lo conveniente, entonces”, puntualiza, “es sensibilizarles de forma temprana de que no son superiores y de que no deben infravalorar al resto de compañeros y compañeras”.

Aprovechar un gran potencial

Así, Camino destaca que queda mucho por hacer no solo para ayudar a que todas estas personas puedan alcanzar una mayor felicidad, sino también para que desarrollen todo su potencial: “Es cierto que ha mejorado la detección temprana de este tipo de personas, pero aún está lejos de ser suficiente”, afirma.

“Es necesario contar con grupos de profesionales multidisciplinares (profesores, psicólogos, pedagogos) y herramientas válidas para el diagnóstico de estas habilidades por encima de la media. La no detección de las características de estas personas conlleva implícito un gran malestar emocional”, prosigue.


Una mujer pintando.

También el entorno familiar puede marcar la diferencia: “La familia juega un papel crucial en prestar atención en qué le puede suceder a sus hijos e hijas, ya que en la mayoría de las veces, es en el propio hogar donde se ven desplegadas sus dotes de creatividad y sensibilidad”, apostilla el psicólogo.

“Para terminar, decir que la forma de enseñar actual no casa con los perfiles psicológicos no solo de estos niños, sino también de muchos otros que no presentan altas capacidades, provocando que muchas de estas personas abandonen los estudios o incluso estudien algo que por norma no les motiva en exceso. ¡Sin duda es un tema muy interesante y hay una gran labor por delante!”, concluye.



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