“La historia no se repite, aunque pueda haber similitudes”


Septiembre de 1944. Los aliados lanzan una ambiciosa ofensiva aerotransportada liderada por los británicos sobre la Holanda ocupada por los nazis para llegar rápidamente hasta el Rin y Alemania. Una semana, varias ciudades destruidas y miles de soldados y civiles muertos después, la Operación Market Garden ya es oficialmente, además de una chapuza, un trágico desastre. Los alemanes, tras la batalla, iniciarán una campaña de represión sobre la población holandesa que se conocerá como el ‘invierno del hambre’ y acabará, de forma directa, con la vida de unas 20.000 personas. Churchill y el mariscal Montgomery vendieron aquella matanza como una victoria. El principe Bernardo de Holanda dijo: “Mi país no puede permitirse otra victoria de Montgomery”.

Precisamente aquella batalla es el tema del nuevo libro del, probablemente, más exitoso historiador de la Segunda Guerra Mundial del momento, Antony Beevor (Londres, 1946): La batalla por los puentes (Crítica, 2018). Una visión vívida y ciertamente crítica con el mando británico de aquella batalla en torno al puente de Arnhem, la última victoria militar de la Alemania de Hitler.

-Market Garden pretendía terminar la guerra de una manera rápida. No lo consiguió, obviamente, pero ¿la alargó?

No creo. Incluso si se hubiera conquistado el puente de Arnhem, no habrían tenido la oportunidad de entrar profundamente en Alemania en ese momento, por ejemplo, por problemas de suministros. Incluso si hubiera sido un éxito, no creo que hubieran podido terminar la guerra para finales de año. Además, el principal elemento para terminar la guerra era el ejército rojo (soviético) en el frente del Este: mató a cuatro veces más soldados alemanes que los Aliados occidentales. Eso sí que era decisivo. Aún así, el fracaso de Market Garden animó mucho a los alemanes.

-¿Tanto como para llevarles meses después a contraatacar en las Ardenas?

Sí, pero el fracaso en las Ardenas sí que fue crítico para el resultado de la guerra. Destruyó la mayor parte de las fuerzas armadas alemanas y por eso el ejército rojo pudo avanzar tan fácil por el otro frente.

-¿Market Garden, la batalla por Holanda, se puede entender como una metáfora del papel de Reino Unido durante y tras la Segunda Guerra Mundial: la de la antigua potencia global, que quiere pero no puede volver a serlo?

Sí, pero no creo que debamos ir muy lejos con esa metáfora. El papel de Reino Unido fue cambiante durante toda la guerra. Para agosto de 1944, el país empezaba a presentar problemas: Churchill estaba preocupado porque las tropas británcias se estaban reduiciendo mucho y él quería tener influencia en el final de la guerra. Obviamente, los americanos ya eran el socio mayor. Pero no fue así durante toda la guerra, en 1940 lo principal que hicieron los británicos fue resistir y eso fue importante, porque era el único momento en el que Hitler podía haber ganado la guerra. Pero a partir del desembarco de Normandía perdió influencia.

-Los británicos están muy orgullosos del papel de su país y sus líderes, incluido Montgomery, en la Segunda Guerra Mundial, ¿cómo ha sido recibido este libro en su país?

La recepción ha sido fantástica. Solo a un buen amigo mío, el general Mike Jackson, que dirigió las tropas en Kosovo, no le agradó demasiado que diga que aquello fue un desastre de principio a fin. Pero es normal: es un antiguo paracaidista y, para él, Arnhem es algo sagrado. Y sobre Montgomery no estoy solo, la mayoría de los historiadores han comprobado que su mito fue exagerado. Para los británicos Montgomery ya no es sagrado, aunque todavía quedan antiguos veteranos que le alaban.

-Su visión sobre el mariscal no deja lugar a dudas…

No digo que Montgomery fuera una mala persona. Creo que tenía Asperger y por eso tenía una visión tan estrecha: nunca escuchaba las críticas. Y eso es muy peligroso para un comandante.

-Es interesante ver cómo muestra el trato despectivo que daban los oficiales británicos al general polaco Sosabowski…

Los británicos se portaron de forma espantosa con él. No todos, pero sí Horrocks, Browning y, sobre todo, Montgomery. Este casi les acusó de cobardía en la batalla, lo cuál era un ultraje y una difamación. Sosabowski era un soldado valiente, pero era difícil de tratar. Aún así él tenía razón: vio desde el principio que los británicos estaban siendo ridículamente optimistas con los alemanes. Y él los conocía mejor. A los ingleses no les gustaba que un general polaco, al que veían como una aliado menor, les dijera que su plan era una basura y fue peor cuando la realidad demostró que tenía razón. Es un personaje interesante y que despierta mucho interés, hace unos días di una charla y vinieron varios diplomáticos polacos solo a ver qué decía de él.

-Desde ‘Stalingrado‘, su exitoso estilo se ha caracterizado por una visión global de los conflictos, desde los mandos hasta el soldado de a pie, también los civiles…

No se puede escribir sobre esto sin escribir sobre los civiles. Más que historia militar, hago historia de la guerra. La forma de escribir la historia cambió hace unos 25 años, porque la sociedad empezó a cambiar a hacia una sociedad menos jerárquica y más individualista. Y empezaron a cambiar las expectativas de la gente hacia la historia: ahora demandamos una historia que vaya desde arriba hasta abajo. Yo siempre he escrito así y no me imagino hacerlo de otra manera. Escribo para mí, como debería hacer todo escritor. Si luego gusta a los demás, genial. En mi caso, tuve suerte: nadie creía que mi Stalingrado iba a vender; salió en el 50 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial junto a un montón de novedades que no vendieron nada. En la vida, mucho se trata de tener suerte y tenerla en el momento correcto.

-Es un buen conocedor de la Guerra Civil española -tiene un libro sobre el tema-. ¿Qué le parece la decisión del Gobierno español de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos?

(Se ríe) Me estoy acostumbrando ya a esta pregunta. Puedo comprender esa decisión y creo que sería bueno que se llevaran los cuerpos de Franco y José Antonio (Primo de Rivera) a otro sitio. Pero no creo que haya que derribar los monumentos. Deberían permanecer para educar a los ciudadanos. Se deberían colocar placas informativas diciendo cuántas personas murieron construyendo ese monumento tan espantoso. Por supuesto, la gente no quiere ver una estatua de Franco en todas las plazas, pero deberían moverla a otro sitio con una placa donde se explicara quién era, qué hizo y cuánta gente murió por lo que hizo. Existe una moda peligrosa que trata de imponer las ideas, opiniones y moralidad de hoy a un periodo anterior. Los historiadores debemos comprender la mentalidad de la época y comprender por qué se hicieron cosas atroces, incluso cuando sus protagonistas pensaban que hacían lo correcto.

-¿Le gusta que los lectores lean sus libros pensando en el presente?

Espero que lo que aprendan es a evitar los paralelismos históricos. Puede haber similitudes superficiales, pero la historia no se repite. Y sería aún más importante que eso lo aprendieran los políticos, sobre todo los estadounidenses y los ingleses. Lo importante que debe aprender la gente es que no hay que generalizar: todos los aliados no eran buenos; todos los alemanes no fueron malos; no fue una lucha entre democracias y tiranías, porque uno de los aliados era Stalin, que no era precisamente demócrata. No deberíamos reducir la gente a categorías. Podemos hacer excepciones para señalar que no todo el mundo es igual.

-No le gustan los paralelismos, así que… ¿No ve uno entre el auge de la ultraderecha en Europa hoy y el de los fascismos de los años 30?

No, la situación es distinta. En los años 30 había una polarización que destrozó el terreno del centro político. Hoy, ese centro está amenazado, pero no creo que las cosas vayan a salir igual. El fascismo se va a manifestar de otra forma distinta que el del militarista y nacionalista de los años 30. Hoy Europa no sufre una carrera armamentística. Bueno, quizá con Putin, pero no es un peligro inminente. Hay gente que dice que Putin es el Hitler de hoy, pero no lo es: es un oportunista. Podría llegar a ser peligros si comete algún error de cálculo, pero no tiene el menú ideológico de Hitler: no quiere exterminar a una determinada población o conquistar muchos países. Seguro que le encantaría tener a muchos bajo su influencia, pero su megalomanía no es la de Hitler.



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