La “guerra” contra el terrorismo: 20 años después


Hace veinte años, el mundo entero se conmocionó ante los terribles atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Dichos ataques dirigidos contra el corazón del sistema financiero y militar de los Estados Unidos de América (EE.UU.) tuvieron consecuencias globales sin precedentes cuyas repercusiones continúan hasta la fecha. Fue precisamente a raíz de estos ataques que los EE.UU. y sus aliados emprendieron la denominada guerra mundial contra el terror (“global war on terror”). Veinte años después, la idea misma de librar una guerra contra el terror o el terrorismo continúa siendo problemática con consecuencias legales graves, debido a la ausencia de un marco regulatorio específico y de una delimitación espacial clara.

De forma similar a la guerra contra las drogas promovida por las administraciones de Nixon y Reagan, la guerra contra el terror no tiene como enemigo principal a un Estado o a un actor no estatal (una guerrilla o un grupo terrorista). La guerra contra el terror es una campaña internacional contra una forma de violencia conocida como terrorismo, la cual debe ser eliminada, según sus propulsores, a través de la acción militar. Al estar el terrorismo presente en varios rincones del mundo esta guerra tampoco tiene, en teoría, una limitante territorial o jurisdiccional. Adicionalmente, a través de la movilización de la maquinaria burocrática y propagandística occidental se ha planteado un conflicto de orden existencial, enfrentando valores como la democracia y los derechos humanos contra el autoritarismo y la barbarie.

Esta “guerra” ha estremecido los cimientos mismos del derecho internacional, pues al tratarse la cuestión del terrorismo como un tema de orden militar, y no como una problemática criminal, se empujó al derecho internacional a sus límites normativos. Por ejemplo, debido a que el terrorismo no conoce de fronteras, los Estados decidieron hacer una campaña militar de alcance mundial, una guerra global. Esto es sin duda alguna es problemático ya que el derecho vigente en tiempos de conflicto armado, el derecho internacional humanitario (D.I.H.), le permite a las partes beligerantes utilizar la fuerza letal en contra de los combatientes, sin incurrir en asesinatos. Es decir que en una “guerra” cuyo teatro de hostilidades es el mundo entero, quien fuese considerado como combatiente era un objetivo militar válido donde fuese que se encontrase. No obstante, esto no fue suficiente, pues el D.I.H. todavía ofrece protecciones importantes a los terroristas, pues si estos no se encontraban en ejercicio activo de las hostilidades, legalmente no podían ser atacados ya que no eran objetivos militares válidos. Fue en ese momento que se empezó a desarrollar una serie de normas paralelas al D.I.H., que desdibujaron algunas concepciones binarias fundamentales como la de los combatientes y no combatientes (civiles) al insertar caracterizaciones como combatientes ilegales/no privilegiados para los terroristas, despojándolos, según interpretaciones arbitrarias de la ley, de las protecciones del D.I.H.

En esa misma línea, se retomó la estrategia de la “decapitación” del liderazgo utilizada por los EE.UU. de forma exitosa contra el Almirante Yamamoto en 1943 en medio de la Segunda Guerra Mundial y replicada en sus operaciones en Vietnam y Laos, y en la guerra contra las drogas. A pesar de que algunos todavía defienden la efectividad de esta estrategia, en lo relativo a la guerra contra el terrorismo, los asesinatos dirigidos y el uso de los drones parecen haber generado un efecto “Hidra de Lerna”, regenerando dos cabezas por cada una que se pierde o que es decapitada. La eliminación de los cabecillas de las distintas organizaciones terroristas por supuesto que ha influido en cuanto a su nivel de organización y centralización, lo cual podría entenderse como un éxito. Pero esto, a su vez, ha contribuido a la descentralización de estos grupos, a la formación de facciones más radicales y a la afiliación de grupos más pequeños a una suerte de franquicia, lo cual puede llegar a contribuir a su rápida expansión. En tal sentido, una de las claves para hacer frente a la amenaza terrorista, además de estrategias de esta naturaleza, es hacer frente a la narrativa de los grupos radicales y lidiar directamente con las causas subyacentes de la radicalización.

No obstante, a lo largo de estos veinte años las palabras de Ed Hoffman (Russell Crowe) en la película “Red de Mentiras” todavía resuenan y se han transformado en una especie de oráculo, al expresar que estamos cansados y ni siquiera podemos consolarnos del hecho de que el enemigo está tan cansado como nosotros, pues no lo están… que es una falacia que una guerra prolongada puede debilitar a un enemigo ocupado, lo más probable es que lo haga más fuerte, pues se acostumbrará a la depravación y se adaptará para responder en consecuencia. En tal sentido, la guerra contra el terrorismo ha llevado a occidente a actuar en contra de los mismos valores que en un principio buscaba promover. El legado occidental en la región se matiza con los hechos acaecidos en Abu Ghraib y Camp Bucca, los prisioneros de Guantánamo, el colapso de Afganistán, el sectarismo en Irak, el fracaso de la Primavera Árabe y el fortalecimiento del autoritarismo, los asesinatos dirigidos con drones y la expansión como pólvora de Daesh, por mencionar algunos. La tortura, las ejecuciones sumarias o extrajudiciales, las detenciones arbitrarias y la desaparición forzada de personas se incorporaron al modus operndi de quienes buscaban promover la libertad y los derechos humanos, y ahí yace una de las tragedias más grandes de la guerra contra el terrorismo.

El autor es abogado y profesor de derecho internacional



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