La Covid-19 y las variantes de moda


Hace dieciocho meses que el nuevo coronavirus SARS-Cov-2 hizo su entrada triunfal al escenario del mundo y de nuestras vidas. Vino de familia conocida, que se apellida Coronaviridae, por su nombre en latín, y es el tercer malhechor brotado de ese grupo de microbios. Gracias a la tecnología científica, fue plenamente identificado y visualizado con microscopio electrónico a las pocas semanas de su aparición en varios países.

En Estados Unidos, el virus fue aislado en su totalidad, secuenciado y cultivado desde marzo del 2020. Hay muestras disponibles para laboratorios de investigación puestas a disposición de los científicos del mundo.

En Panamá, el Instituto Conmemorativo Gorgas igualmente secuenció al villano virus en menos de dos semanas del primer caso local. Ese retrato incuestionable del virus es de alta definición. Sabemos su conformación tanto externa como interna, su coraza portátil de astillas o espigas con las cuales se les pega al los tejidos humanos, y su cordón central con proteínas genéticas, llamado mensajero RNA (mRNA por sus siglas en ingles).

Esta descripción del Sars-Cov-2 existe desde el año pasado, muy a pesar de los esfuerzos de personas negacionistas y algunos malintencionados que pretenden convencer al público de que el virus no existe.

Una de las malas mañas de este virus es la de hacer auto-retratos o copias a mano de sí mismo. Y como es de esperarse, de vez en cuando comete faltas de ortografía en su genética, que resultan en la producción de clones imperfectos.

Estas son las llamadas mutaciones que conforman las variantes virales.

Específicamente, desde mayo del año pasado, hemos oído diferentes designaciones, cada una indicando el nuevo maquillaje de un virus polifacético y estrafalario que rehúsa ser encajonado con un solo linaje o un solo estilo de presentación.

Para no perder la cuenta de sus sobrenombres, mas recientemente ha evolucionado la forma en que se les apoda, por lo cual hoy quiero explicar el tema del sistema de nomenclatura establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este sistema se basa en el alfabeto griego y surge de un esfuerzo de la OMS de no colindar las variantes con su lugar de nacimiento, y así evitar los correspondientes estigmas culturales ligados al país de origen. De tal suerte que ya no hablamos ni de variantes inglesas, surafricanas, brasileñas, hindúes, etc., sino de variantes Alfa, Beta, Gamma, Delta, Lambda, etc.

El abecedario griego es de 24 letras, cada una muy cercana a nuestro alfabeto latino, por lo cual son mas fáciles de recordar que las letras y números usados en el pasado. Y justo esta semana llegamos a la mitad de ellas, con la designación de la variante mas joven, llamada Mu, originaria en Colombia y ya presente en Panamá desde hace varias semanas. La OMS afina la designación de las variantes clasificándolas principalmente en variantes de interés, variantes de preocupación y variantes de gran consecuencia. (VOI, VOC y VOHC, por sus siglas en ingles, respectivamente). A juzgar por sus nombres, podemos intuir que se califican según su habilidad de transmisión, escape de las vacunas, escape a las pruebas diagnósticas y severidad de sus casos.

Así pues, si echamos un vistazo a la lista de las variantes de moda, encontramos que la Lambda y la Mu es variante de interés, la Delta es variante de preocupación y ahora mismo no existe ninguna variante de gran consecuencia.

Irónicamente, la ciencia y la vacunación podrán derrotar cada variante circulante, pero la que nos está destruyendo no se ve ni con microscopio electrónico ni se detecta con hisopado. Esta variante es mas escurridiza que todas las otras. Por eso, quiero dejar una nota de precaución sobre la que ha probado ser la variante mas problemática o destructiva de esta pandemia: la variante de la desinformación. A esta variante solo se le puede hacer frente cortándola de raíz.

Cada video, cada audio anónimo o de contenido absurdo, burdo u “oximorónico” de redes sociales, debe ser borrado y nunca compartido. Todo panameño o panameña culta debe ejercer un alto discernimiento y sentido común exigiendo fuentes de información originales, fidedignas y separando la realidad de la ciencia ficción.

La realidad es que la Covid-19 es una enfermedad dañina, incapacitante y frecuentemente letal. Un número significativo de “recuperados” entra en fase crónica de la enfermedad la cual dura meses y causa problemas prolongados de salud ya conocidos en el medio médico.

Está claro que solo saldremos de esta pandemia con una colaboración solidaria con las medidas de bioseguridad y apoyando el programa de vacunación. Hay que interrumpir el alfabeto del coronavirus y borrar sus faltas de ortografía, que crean nuevas mutaciones y perpetúan una enfermedad que gracias a la vacunación puede ser prevenible y controlable.

La autora es médica pediatra e investigadora científica



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