La ciencia improvisada y el lado oscuro de las redes sociales


Hay un lado oscuro para todo, en especial en la naturaleza humana. En lo referente a la covid-19, la nube negra de la desinformación y el ataque irracional contra la ciencia nos deja una estela de leyendas urbanas que continúan pernoctando en nuestro medio a través de las redes sociales.

En un momento de la historia en que la aparición del nuevo coronavirus SARS-CoV-2 paraliza al mundo y cobra 6 millones de vidas, el género humano nos deja perplejos. En vez de unirse solidariamente en impulsar la ciencia para derrotar la pandemia, se permite la fragmentación intelectual y moral que reina gracias a las redes sociales. El modelo que rige en la era digital es irónico y antitético, como se resume en los siguientes ejemplos de falacias y exabruptos que conforman otra pandemia paralela: la desinformación.

Sin duda, una de las falacias más absurdas y peligrosas es aquella de que “el virus de la covid-19 no existe” y esta enfermedad es un “invento” de los teoristas conspirativos. Este disparate intelectual es también adornado con aquello de que “las vacunas no son vacunas”. A los autores de esos exabruptos glorificados, les corresponde un sitial de honor en el salón de la fama de los detractores del pueblo, que se aprovechan de la inercia mental inducida por las redes y abusan irresponsablemente del léxico médico para confundir al público.

Los hechos hablan por sí solos. El virus causante de la covid-19, el SARS-CoV-2, fue identificado detalladamente en importantes laboratorios de Estados Unidos, Europa y aquí en nuestro país, en el honorable Instituto Conmemorativo Gorgas. En su página web, al inicio de la pandemia, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) publicó una invitación abierta de científicos de todas las latitudes para solicitar muestras del virus y hacer los estudios pertinentes. La pandemia, a la fecha, ha causado más de 550 millones de casos y poco más de 6 millones de muertes en el mundo. En Panamá, ya casi llegamos al millón de casos y las muertes sobrepasan las 8,000 víctimas. El que no ha perdido un ser querido o ha sido devastado por esta pandemia, que se dirija humildemente a los poderes del universo para agradecer por su salud y por su vida.

Luego están los mitos (léase “disparates”) más preocupantes, con la promoción de productos no probados, de uso delicado y no efectivos contra la covid, como la hidroxicloroquina, que es un medicamento antimalaria (que no es un virus), o la ivermectina, remedio por excelencia para piojos en burros y caballos. Más espeluznante aún es la gran cantidad de personas que se han autointoxicado a largo plazo, con desinfectantes como el hidróxido de cloro, cuyos efectos dañinos sobre órganos vitales (como el hígado y los riñones) parece escapar a su comprensión.

Por otro lado, ha habido personas no idóneas escribiendo guías de tratamiento o médicos no pediatras arbitrando en contra de la vacuna para niños, ignorando el peligro del síndrome multisistémico inflamatorio, que azota muy particularmente a los niños, previa infección por covid-19. Con todo el respeto que se le debe a nuestras autoridades de salud, ya es hora de ampliar sus campañas dirigidas a reforzar la confianza en la vacunación y educar al público sobre los pocos medicamentos antivirales autorizados debidamente contra la covid (remdesivir, paxlovid y molnupiravir).

Es también producto de las redes sociales que nos enteramos de más ejemplos descabellados, como la exanguinotransfusión por ozono (la versión potencialmente tóxica del oxígeno que flota en la estratósfera) y el mito del chip en las vacunas. Los chips son el pan de cada día de los teléfonos inteligentes y todo usuario de internet o de celular ya está irremediablemente a merced de espías digitales trabajando 24 horas al día. O sea que el chip va en el teléfono y no en la vacuna.

¿Qué pasa, Panamá? Queremos ser considerados como país moderno y avant -garde, pero nos dejamos manipular por la desinformación y el desorden conceptual que inunda las redes, sin ejercer el talento por excelencia del ser humano: su raciocinio y su buen juicio.

La desinformación continúa corroyéndonos en las redes sociales, al punto de que, a falta de nuevas falacias, circulan videos y audios viejos, ya neutralizados por la ciencia pero que, apoyados en la inercia mental del público exhausto y poco curioso, retorna cual carrusel de circo, perpetuando el ciclo de falsa información. Esa mentira apocalíptica que promete que el género humano caerá muerto por las vacunas, está desmentida por las estadísticas. A la fecha, se han administrado más de 12 billones de dosis de vacunas anticovid en todo el mundo. No es cierto que los que nos vacunamos nos hemos caído muertos como partidos por un rayo. Pero sí que es cierto que la vacunación ha salvado un estimado de 20 millones de vidas en el mundo, según cifras de GAVI, la alianza mundial para la vacunación.

Cierro con recordar a los lectores que todos somos responsables de neutralizar la desinformación, haciendo uso constructivo y responsable de las redes sociales. Hagamos de las redes una herramienta en pro de la salud y la ciencia, por el futuro de nuestra sociedad.

La autora es médica pediatra e investigadora científica.



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