La ambigüedad estratégica y la ‘Magna civitas’


La ambigüedad estratégica en las relaciones internacionales, también conocida como la incertidumbre estratégica o ambigüedad deliberada, es una práctica de ciertos Estados consistente en ser intencionalmente ambiguos sobre ciertos aspectos de su política exterior. En ocasiones, este concepto se utiliza para matizar las situaciones en las que un Estado tiene objetivos contrarios o enfrentados en su política exterior y en su política interna. Si tal ambigüedad estratégica no es limitada y adaptada a un objetivo específico perseguido, la misma puede llegar a generar confusión entre los socios y aliados estratégicos y, a su vez, llevar a cuestionamientos sobre las verdaderas intenciones del Estado a nivel internacional.

Generalmente, la ambigüedad estratégica se utiliza para cuestiones específicas vinculadas a la seguridad, como es el caso de Israel y su posesión o no de armas nucleares, o para las grandes competencias hegemónicas, como fue el caso, hasta hace poco, de la República de Corea. Sin embargo, cuando un Estado es ambiguo respecto a situaciones que conciernen a la comunidad internacional en su conjunto, léase temáticas como actos de agresión, la adquisición de territorio por la fuerza, la afectación de las fronteras marítimas de un Estado y las rutas marítimas internacionales, el nulo respeto por el derecho internacional humanitario y los derechos humanos o la perpetración de crímenes atroces, tal ambigüedad dista de ser estratégica. En ese sentido, si la ambigüedad viene acompañada de expresiones formales como “nuevo orden mundial”, los socios y los aliados estratégicos del Estado en cuestión pueden confundirse e, incluso, cuestionar sus intenciones a nivel internacional.

La ambigüedad estratégica no debe confundirse con iniciativas como el Movimiento de Países No Alineados, que buscaba preservar la posición neutral de sus Estados miembros respecto a los bloques de la Guerra Fría (Organización del Tratado Atlántico Norte y Pacto de Varsovia). Tampoco es análoga a la neutralidad, pues mientras que la neutralidad implica no tomar bandos, la ambigüedad estratégica presupone mantener una postura indefinida que puede decantarse por un lado o por el otro, dependiendo del interés nacional que se busque favorecer en un momento determinado. Para un Estado pequeño, pero con una importancia geoestratégica global como Panamá, la ambigüedad estratégica puede ser una herramienta útil en ciertas circunstancias, pero la misma requiere de un diseño integral de una política exterior de Estado que trascienda el modelo quinquenal.

Para el ejercicio de tal ambigüedad estratégica es importante definir los “valores” de la política exterior del Estado en cuestión y tener claras cuáles son las normas fundacionales del derecho internacional, pues serán ambas las que, independientemente de los intereses nacionales involucrados, deberán permanecer incólumes y no ser objeto de ambigüedad alguna. En tal sentido, el ejercicio reiterado por parte de un Estado de una ambigüedad respecto a sus “valores” de política exterior y a las normas fundacionales del derecho internacional, representa un peligro cuando se tratan de negociaciones que persiguen objetivos meramente transaccionales y a corto plazo, pues los costos reputacionales para el Estado pueden ser importantes y perpetuados en el tiempo, más allá de la administración de turno.

Si un Estado está dispuesto a mantener posturas ambiguas y reiteradas respecto a actos de agresión, ante evidentes afectaciones a las fronteras territoriales y marítimas de ciertos Estados, e incluso con respecto a crímenes de guerra, de lesa humanidad y de genocidio, sea cual fuere el interés nacional involucrado, no estaríamos ante una ambigüedad estratégica, sino ante la indiferencia hacia el derecho internacional, ante la negación de la Magna Civitas y ante la negación del Estado mismo como sujeto del derecho internacional.

El autor es abogado y profesor de derecho internacional



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