Hoy por hoy


La pandemia sigue mostrándonos con toda su crudeza las desigualdades que reinan en el país. Y con todo, el Gobierno no da señal alguna de un mínimo de austeridad; nos restriega en la cara que los que ocupan un cargo en el servicio público forman parte de una casta inalcanzable para la pandemia. La empresa privada, en cambio, sigue cargando sobre sus hombros el peso de alimentar una burocracia insaciable, incapaz de renunciar a uno solo de sus privilegios, mientras miles de panameños ven perdidos sus empleos y sus ingresos disminuyen con el avance de la enfermedad. La solidaridad de la que tanto se vanagloria el Gobierno es solo una perversa ilusión, una cruel mentira que queda al descubierto cuando se aumentan los salarios, cuando contratan más y más copartidarios; cuando malgastan a manos llenas para darle plata a los amigos; cuando el virus se convierte en socio del millonario negociado de los encumbrados. La pandemia nos dejará de herencia una economía desolada, una calamitosa situación laboral y nos ha hecho entender que no vivimos en una democracia. Vivimos bajo el régimen de una inhumana cleptocracia que, además, ha secuestrado el Estado.



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