Hoy por hoy


La poca seriedad con la que los funcionarios de alta jerarquía llevan adelante los negocios del Estado, es lo que hace que algunos contratistas se sientan en cómoda confianza para relajar los plazos de entrega de las obras y hasta su calidad. El Estado panameño ha sido extraordinariamente indulgente con Odebrecht, que -entre otras cosas- tiene el contrato de construcción de la nueva terminal del aeropuerto de Tocumen. Aquí hay siete adendas, cientos de millones adicionales al costo de construcción original y años de retraso en una obra adjudicada en 2012. Frente a tanto relajo, tan solo $400 mil en multas. Los contratos celebrados con empresas como Odebrecht son leoninos, hechos para favorecer a quien, además, usualmente paga millones de dólares en coimas. Es así como la constructora lleva siempre las de ganar. Pero cuando el Estado tiene la oportunidad de exigir el cumplimiento del contrato, el gobierno de turno entonces hace lo posible por complacerla, por aminorar su carga, cuando lo que se impone es hacerla cumplir lo que firmó. Si nuestros funcionarios quieren el respeto de estas empresas, harían bien en ganárselo, sin tanto mimo ni complacencia. Con Odebrecht, a estas alturas ya deberían haberse puesto los pantalones.



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