Hoy por hoy


Mucho se especula sobre las relaciones que mantienen los órganos Ejecutivo y Legislativo. Para algunos, el Presidente parece estar sometido a los caprichos de los diputados de su partido y aliados, mientras que para otros, él es cómplice de los desatinos de sus copartidarios. La discusión tal vez surja por lo que dice y hace. Y es que su discurso va en dirección opuesta a las acciones que toma, como por ejemplo, cuando sanciona leyes abiertamente oportunistas, clientelistas e impopulares, pero que tienen en común saciar los apetitos de su partido, particularmente, de los más influyentes diputados del PRD, incluso, del Molirena, su aliado político. Cortizo no solo firma lo que le pongan por delante los diputados menos confiables del país, sino que ha llegado al extremo de protegerlos. En consecuencia, el Presidente no es un rehén de la Asamblea Nacional ni sufre el síndrome de Estocolmo. Es, por el contrario, cómplice activo, herramienta complementaria de los diputados oficialistas para concretar sus aspiraciones personales con miras a disfrutar, sin límites, el poder, para lo cual están dispuestos a perjudicar nuestra democracia. Y Cortizo es partícipe –sin duda– y hasta autor intelectual y/o material de estar donde estamos: al borde de un Estado fallido. Su hipocresía no tiene parangón.



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