Gloria Steinem, a pesar de la belleza


En los primeros años de su carrera como activista feminista, periodista y escritora, algunos colegas trataron de minar el impacto de su voz reduciéndola a “la chica guapa de la temporada” o a “la ‘pin-up’ de la intelligentsia” con minifalda. También hubo quien se atrevió a afirmar: “La belleza de Gloria contradice sus propósitos”. 

En Mi vida en la carretera, (Alpha Decay, 2016), Gloria Steinem confiesa cómo aquellos dardos fueron marcando su vida. “La acusación de que todos mis logros se debían a mi aspecto físico siguió ahí, prejuiciosa y lacerante, hasta mi vejez”. Por suerte, su apariencia no afectó al impacto de su lucha. Entre otras cosas, porque a distintas compañeras -Andrea Dworkin una de ellas- se las trató de apartar del espacio público por lo contrario: ser feas. 

El movimiento que impone una vida nómada practicada por la activista fue quizá el antídoto contra los óbices del sistema. Los beneficios de una vida errante, cuenta, son muchos: “Nos saca de la negación y nos arroja a la realidad, nos saca de la teoría y nos arroja a la práctica, de la prudencia a la acción, de la estadística a las historias; en definitiva, te saca de tu cabeza y se adentra en tu corazón”. Tal vez ese espíritu itinerante le permitió sortear, allí donde aparecieron, las piedras que podían obstaculizar su camino.

Círculos de discusión

Para sus progenitores, viajar era una forma de educación y por eso no la llevaron a la escuela infantil. Nacida en 1934, se crio en una caravana en la que la familia viajaba de una ciudad a otra. Empezó a ir regularmente al colegio en Toledo cuando, en 1946, se hizo cargo de cuidar a su madre, enferma de depresión, en su Ohio natal. 

Al terminar la carrera en 1956 salió por primera vez del país y voló a la India. Allí descubrió una forma de activismo que más tarde marcó su manera de entender la práctica feminista: los denominados ‘círculos de discusión’ por los derechos civiles, formados por mujeres -entre las más destacadas, Indira Gandhi-. Una manera de generar “comunidad portátil” que establecía paralelismos entre lo fortuito de su itinerancia y su profesión. 

“Ser activista es imprevisible y a menudo consiste en ganarse el pan dando charlas, escribiendo y subsistiendo gracias a las instituciones, los trabajos esporádicos, los amigos y los ahorros. Pero, salvo en el caso de quien se hace músico de rock o trovador, ningún otro empleo te permite participar a tiempo completo del cambio social”, afirma en el libro.

Tras el ‘Black Power’

En la siguiente década, ya trabajando como periodista en Estados Unidos, puso en práctica lo aprendido. Durante la marcha de Washington encabezada por Martin Luther King en 1963, famosa por el discurso que comenzaba con “Yo tengo un sueño”, tomó conciencia de la ausencia femenina y de la segregación de género que su propio país todavía padecía. 

“En la India había aprendido que el cambio crece desde abajo, igual que los árboles, y que la casta o la raza pueden duplicar o triplicar la opresión de la mujer“, dice en el libro. Una enseñanza que adaptó a las nuevas circunstancias y que puso por escrito en un notable artículo para la revista New York titulado Después del Black Power, la liberación de la mujer.

Más allá de la mística

En 1963, Betty Friedan publicó La mística de la feminidad, el ensayo más vendido ese año en Estados Unidos y que ponía en palabras problemas propios de las amas de casa norteamericanas -blancas y de clase media- apartadas del ámbito laboral remunerado. 

Cuenta Steinem en el libro que Friedan “se había atrevido a poner nombre a ese papel de consumo glorificado que las revistas femeninas imponían a sus lectoras (…) Las mujeres más jóvenes y radicales, en cambio, no aspiraban simplemente a tener un empleo y un pedazo del pastel que ya existía: aspiraban a preparar un pastel completamente nuevo”. Y ella comenzó a cocinarlo.

En 1971 cofundó Ms., revista femenina cuyo primer número, publicado como suplemento del New York Magazine, vendió 300.000 ejemplares. En su portada, la ilustración de una mujer con ocho brazos para manejar un plumero, una máquina de escribir, un volante, una sartén, un espejo, un teléfono y una plancha, y con un bebé en su vientre. A su alrededor, titulares que hablaban de sororidad, de la obra de Sylvia Plath, del aborto y de los roles de género. Toda una transgresión para la época. 

Colegas, lectores y distribuidores le aconsejaban que cambiara la línea editorial, que solo tendrían éxito si se posicionaban contra las lesbianas, que no hicieran tantas referencias explícitas al sexo, que no defendieran la igualdad salarial o que no mostraran en portada a mujeres negras o gordas. Hizo lo contrario. La revista, trimestral, cumplirá medio siglo el año que viene.

Todas las Glorias

En The Glorias, Julie Taymor -directora, entre otras, de la también biopic Frida, sobre la vida de la pintora mexicana- refleja la vida de Steinem haciendo un recorrido, a modo de road movie, por sus edades, encarnadas en las actrices Ryan Kiera Armstrong, Lulu Wilson, Alicia Vikander y Julianne Moore. Su historia se entrelaza con las de otras mujeres clave en la lucha por la igualdad durante la segunda ola del feminismo. Dorothy Pitman Hughes, Flo Kennedy, Bella Abzug y Wilma Mankiller son algunas de ellas.

Otra Gloria, la interpretada por Rose Byrne en la serie de HBO Mrs. America, nos muestra igualmente momentos clave de la vida de Steinem en la lucha por la igualdad, como el esfuerzo puesto en la ratificación de la Enmienda de Igualdad de Derechos de 1977, que buscaba abolir las diferencias legales entre sexo y otros asuntos como el divorcio, el empleo o la propiedad. 

También, su participación en la histórica Conferencia Nacional de Mujeres del mismo año. Todavía hoy guía sus pasos ese formidable combate por los derechos de raza y género, con independencia de cómo lleve su pelo o el largo de su falda.



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