¿Es posible contar la muerte de Blanca Fernández Ochoa sin morbo?


Cobertura de la desaparición de Blanca Fernández-Ochoa en ‘Espejo público’ y ‘El programa de Ana Rosa’.
ANTENA 3 / TELECINCO

La muerte de Blanca Fernández Ochoa tiene todas las papeletas para convertirse en el próximo espectáculo de los programas con pasión por los sucesos. Nos van a hacer análisis minuciosos de hasta el color de ropa que vestía, probablemente cayendo en el morbo y el sensacionalismo. En alguno hasta nos pondrán banda sonora de película de acción, tipo Jungla de cristal, para reconstruir los hechos. Un circo, vamos.

Lo que no tengo claro es quién tiene la culpa de que la información de un suceso, del que solo corresponde a la policía, jueces y su entorno más íntimo sacar conclusiones, se trate así. ¿Es responsabilidad de los medios que ofrecen horas y horas de tertulias en las que ya no hay nada de lo que informar? ¿De los espectadores que esperan que se alimentan sus pesquisas sobre lo que ha podido ocurrir como si fueran detectives?

He leído por ahí que el problema es la incultura del espectador que solo le llega para entretenerse con las desgracias ajenas. Además de que eso es un prejuicio de lo más clasista, a mí me parece que el nivel de estudios no tiene nada que ver con el interés por las circunstancias que han podido llevar a la muerte a una persona. Es más una cuestión de cómo se le ofrece esa información. En lo que a sucesos se refiere, los medios saben dosificar el contenido de tal forma que conecte con la emoción y así hacer partícipe al espectador de una manera algo perversa.

A pesar de ser un mecanismo de dudosa moralidad, tampoco tengo claro que los programas sean culpables de utilizarlo. Hay límites, y probablemente se sobrepasan cuando una desgracia empieza a reportar beneficios, pero también hay una pelea por las audiencias que permite ofrecer contenidos diversos y esos datos los deciden los espectadores. Vamos, que la pelota podría pasar de un tejado a otro eternamente sin que supiéramos a quién ponerle la condena.

Lo que sí se me ocurre es de lo que se podría hablar en todas esas mesas de debate para alejarse del morbo que hay detrás de unas preguntas que ya tienen pocas o ninguna respuesta. Por ejemplo, podría recorrerse la trayectoria deportiva de Blanca Fernández Ochoa, que fue única y pionera como esquiadora. También de qué ocurre con los medallistas que pasan la juventud llevando la bandera de España por todo el mundo y, cuando se les acaba la edad de ganar títulos, tienen la sensación de que ese país ya no les debe nada.

Y ya que se va a hablar del historial clínico de una persona, datos privados y protegidos que nunca deberían compartirse a la ligera, podrían ponerse frente a las cámaras todos los tabús que envuelven a las enfermedades mentales. Por ejemplo, lo difícil que es reconocer públicamente una depresión sin que te culpen por padecerla, o cómo actuar ante una persona con ese diagnóstico que te dice que quiere irse sola unos días.

Sería perfecto que quienes participen en esos debates televisivos tengan posibles respuestas a esa información porque son referentes en esos temas y no cazadores de mariposas con dudoso sentido del humor. Periodistas que entiendan que la información de sucesos es necesaria solo cuando tiene una utilidad para el bien común, que se alejen del enfoque fácil del morbo y busquen uno mucho más respetuoso y humano. Profesionales, vamos.



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