El suf, una terapia para niños pobres en una remota playa de Perú



A sus 12 años, Claudia Paola Nolasco ayuda a su padre a vender helados en una playa de Perú, pero su tiempo libre lo destina a un deporte que la apasiona: el surf.

“Me gusta subir en la tabla, surfear […], yo superé mi miedo a agarrar una ola”, dice la niña a la AFP en la playa Puémape, una pequeña aldea 658 km al norte de Lima levantada por decenas de familias pobres que llegaron allí huyendo de las inundaciones del Niño Costero de inicios de 2017, devastaron San Pedro de Lloc, a 12 km de la costa.

Las precarias viviendas de Puémape carecen de agua potable y alcantarillado, pero tienen luz eléctrica desde 2019.

Claudia Paola ha pasado los últimos dos años sin ir a la escuela debido a la pandemia de la Covid-19. Sin embargo, en medio de esta crisis sanitaria que golpeó fuertemente a Perú, tanto ella como sus hermanos Luis Ángel (de 8 años) y Carlos (5) encontraron en el surf un propósito de vida.

“Surfeo y me olvido de todo”, explica Luis Ángel.

“Desde que empezaron su clase de surf les cambió la vida”, confiesa el padre de los pequeños, Elmer Nolasco, de 36 años, que se gana la vida vendiendo helados en la playa. En estas labores le ayuda Claudia Paola cuando él sale de pesca para llevar alimento a su hogar.

“Me gustaría mucho que mis hijos sean mejores que yo, quizá no lo he podido hacer yo y ellos puedan hacerlo mejor que uno y tener otra vida mejor, porque yo sé que en el surf lo van a poder hacer”, dice.

Las olas de Puémape y la cercana Pacasmayo figuran entre las mejores de Perú, y son un referente para los tablistas.

La escuela de surf para los desfavorecidos niños de esta remota playa peruana abrió hace dos años por iniciativa de Kayosha Castro Rodríguez, de 28 años, quien llegó a vivir a Puémape escapando de la ciudad cuando Perú iniciaba en 2020 una larga cuarentena por el covid-19.

Conoció a un grupo de niños que jugaban en la playa y surgió la idea de enseñarles el deporte de la tabla.

Castro pidió ayuda a amigos surfistas de Lima y consiguió que le regalaran tablas y trajes de surf para su escuela, que ahora tiene nueve niños practicando este deporte.

Junto a otros voluntarios, también le enseño a nadar, pues no sabían hacerlo aunque vivían junto al mar.

Además les inculcan la protección del medio ambiente, por lo que los niños ahora recogen botellas de plástico para reciclaje y otra basura que dejan los bañistas.

“Son niños locales de acá, de pocas oportunidades y les enseñé el surf porque tienen el mar al frente de su casa, pero no saben lo que tienen”, indica.

“El surf es como una herramienta para inculcar valores, el deporte que es salud y concientización para llegar a una salud mental vinculado a un sentimiento de libertad, calma y alegría que nos da esta terapia del surf”, añade Castro.

Ignacio Gorriti, otro de los instructores, destaca que el surf es una “terapia” que ha ayudado a estos niños a manejar el “estrés”.

“Los ataques de ira eran bastante frecuentes al comienzo y con el tiempo se han ido diluyendo. Los niños vencen sus miedos con el surf”, cuenta este voluntario de 20 años.

El surf no es necesariamente un deporte foráneo en Perú, país con 2,500 km de litoral en el Pacífico. Es que los indígenas de su costa norte usaban los “caballitos de totora” para entrar al mar a pescar siglos antes de la llegada de los conquistadores españoles.

Todavía hoy pescadores artesanales de playas como Huanchaco, cerca de la ciudad de Trujillo, siguen usando los caballitos de totora para ganarse la vida.

También lo hacen los pescadores de Puémape, que dejan sus caballitos en la arena no lejos de las tablas de los niños que practican surf.



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