El rey del “jetabulario” en un país de poetas

Una mañana de agosto de 2001, hace ya más de 20 años, esperaba la llegada de una chalupa prevista para trasladar a un equipo de Médicos sin Fronteras a una vereda del río Magdalena muy golpeada por los combates, donde debían tratar a centenares de civiles desplazados, enfermos o infectados de malaria. En las dos horas anteriores el todoterreno en que viajábamos había sido interceptado y revisado por militares del ejército regular y por dos grupos distintos de paramilitares.

Ahora observaba la llegada en una lancha de un grupo de guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) a un puesto de mando del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Estábamos en una de las zonas más conflictivas del país donde los dos grupos antigubernamentales se respetaban y se toleraban.


Un campesino, al darse cuenta de mi cara de sorpresa, me dijo con cierta retranca: “Qué paisaje más bacano (más bonito), verdad”. Le comenté que estaba impactado por la cantidad de tropas que había visto en apenas unos kilómetros. “¿Cómo hacen ustedes para sobrevivir entre tantas armas?”, le pregunté. “Pues no ha visto a los narcos que son los que verdaderamente mandan aquí”, me respondió con una sonrisa burlona.

El campesino empezó entonces un relato repleto de perlas literarias a pesar de que su analfabetismo. Me contó que venía de vender unos racimos de plátanos en Barrancabermeja, una de las ciudades más violentas de Colombia. Llevaba dos días de viaje y sus ganancias apenas superaban los 4.000 pesos, dos dólares de aquel tiempo.

Uno de sus hijos estaba enfermo y no había encontrado la medicina adecuada para iniciar el tratamiento. Una de las enfermeras le acabó regalando unas pastillas contra la malaria y unos analgésicos. Poco antes de marcharse en una barcaza resquebrajada me confesó que “a partir de hoy voy a plantar hoja de coca porque me la vienen a comprar a la puerta de mi casa y así no veré enferma a mi familia”.

El campesino también me contó que su mujer le iba a echar “una cantaleta”, es decir le iba a regañar porque creería que con el resto del dinero se había “enguayabado” (tomado unos buenos tragos), acompañados de “una fritanga”, y luego se había dedicado a “gallinacear” (buscar una conquista amorosa) durante su estancia de una noche en la capital regional.


Gustavo Petro, Fico Gutiérrez y Rodolfo Hernández, los principales candidatos.

No conocía el significado de algunas de las palabras pero uno de los integrantes colombianos de la misión médica me ayudó a entenderlas. Me quedé pensativo mientras lo veía alejarse. Había utilizado el castellano como pocas veces había escuchado. Ya llevaba más de una década viajando por Colombia y siempre me había sorprendido la candencia y la elegancia como los campesinos más pobres hablaban en nuestra lengua. Pero aquel hombre me había encandilado desde el primer minuto.

Años después, en 2009, escribí varios artículos sobre el entonces presidente Álvaro Uribe. Encontré tres palabras que batían récords en el Google cuando acompañaban a Uribe: paramilitarismo, narcotraficante y asesino. Eran millones de entradas, muchas de pura bazofia. Pero en algunas le acusaban de vinculaciones muy graves con el narcotráfico y el paramilitarismo. Y en otras aparecía el expresidente enfrentándose a sus detractores con un estilo poco diplomático y chabacano, con descenso al barro dialéctico o de puras amenazas.

Algunos audios que escuchen entonces desprendían una tensión y una vulgaridad inquietantes. No se me olvidará el enfrentamiento de más de diez minutos con el periodista

Daniel Coronell en una radio colombiana. La presentadora le leyó al presidente el inicio de una columna del periodista: “Cada vez que alguien se atreve a remover el pasado del presidente, él apela a la misma estrategia. Monta en cólera y llama a la emisora de sus preferencias. Hace señalamientos para criminalizar a quien investiga. Explica exactamente lo que nadie le ha preguntado, evade los asuntos de fondo y garantiza un nuevo periodo de silencio sobre el tema”.

Uribe, fuera de sí, comentó en directo que le gustaría escuchar las acusaciones del propio periodista. “Lo estamos llamando”, le respondió la presentadora. “Que tenga valor cívico, que comparezca en antena, que es un periodista que le ha mentido al país en muchas ocasiones”, intervino de nuevo Uribe levantando la voz.

Mientras esperaban la conexión con el periodista la presentadora le recordó al presidente que Coronell recogió en su artículo una información aparecida en el diario local de Medellín durante el asesinato del padre de Uribe, ocurrido hacía un cuarto de siglo, en junio de 1983. “En aquella crónica se explicó que usted viajó a la finca donde mataron a su padre e hirieron a su hermano en un helicóptero del narcotraficante Pablo Escobar”, le leyó la conductora del programa. Ya en directo se produjeron varios cruces de graves acusaciones e insultos entre el presidente y el periodista.

En comunicaciones interceptadas legalmente por orden judicial por sus múltiples denuncias, el ex presidente Uribe suele usar el “jetabulario”, que es como se designa a la utilización de expresiones soeces o insultos, mientras discute con un antiguo colaborador: “Estoy muy perraco con usted y ojalá me graben esta llamada también”, grita e insiste: “Si lo veo, le voy a dar en la cara, marica”.

Un competidor de Uribe es el actual candidato derechista Rodolfo Hernández, ex alcalde de Bucaramanga, que ha tenido un crecimiento vertiginoso de siete puntos en las encuestas en las dos últimas semanas. Algunos analistas predicen que podría superar al candidato oficialista de la derecha, Federico Gutiérrez, quedar en segundo lugar y pasar a la segunda vuelta electoral con posibilidades de vencer en unas elecciones muy polarizadas.

Este aspirante a la presidencia de Colombia, que se autodenomina “El ingeniero” es, sin duda, el rey del “jetabulario” y, además, está judicializado por corrupción. En algunas conversaciones grabadas por personas inconformes con negocios conjuntos se le oyen perlas como las siguientes: “No me crea tan remarica, usted es un huevón”; “Malparido, usted no ha hecho un culo en la vida sino joder a los que trabajan”; “Nos vemos como machos, hijoeputa, allá en su apartamento si quiere”; “Si usted me sigue jodiéndome, le pego un tiro, malparido”.

El mundo al revés en Colombia. Campesinos analfabetos que te hacen disfrutar con su expresividad y su musicalidad. Poderosos hombres de negocios, ex presidentes o candidatos soberbios reconvirtiendo el uso del lenguaje en un lodazal de expresiones vulgares e impropias que lo subvierten y lo empobrecen

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