El peor de los egoísmos


Uno de los recursos más poderosos con los que cuenta el ser humano para transformar su entorno y su propia circunstancia personal, son las palabras. El viejo proverbio bíblico dice que la lengua tiene en su poder la vida y la muerte y, obviamente, apela a las palabras que puede pronunciar, pero: ¿cuánto cuestan las palabra.

¿Cuánto cuesta un “perdóname” o un “lo siento”? ¿Cuánto cuesta un “bien hecho”, o cuánto un “respeto lo que dices” o, más aun, cuánto cuesta un “no estoy de acuerdo con tu postura, pero…”? El precio de estas y otras palabras, que pueden salvar nuestras vidas y sociedades, es el orgullo. Nos cuesta bajarnos del pedestal, nos cuesta ponernos en la piel del otro.

Estamos muy enfermos de orgullo. El criterio se demuestra desde la humildad intelectual que reconoce que el contrario, el otro, también posee parte de eso que llamamos “verdad” o “razón”. En medio del gran debate social en el que nos vemos inmersos a diario, va siendo necesario que nos reconozcamos en lo común para acercar posturas que ayuden a resolver nuestra circunstancia.

Todos necesitamos, aunque sea una vez al día, una pequeña victoria, una palabra que nos remita a nuestro buen hacer, aunque sea mínimo y aislado. No hay peor egoísmo que el no pronunciar unas pocas palabras de aliento, de bienestar, de reconocimiento. Si somos así de truñuñus con las palabras, ¿cómo esperamos poder ofrecer ningún tipo de solución social o esperanza de cambio?

No despreciemos el valor de las palabras. Vivimos días en los que, más que nunca, necesitamos palabras balsámicas, empezando por los hogares, donde este egoísmo es atroz y las palabras se niegan por absurdos orgullos. Entonces esas familias, allí donde vayan por la vida, reproducen ese patrón egoísta que vemos por todas partes. Y ya nadie hace nada bien, todo es blanco o negro, nadie se merece ni un “muy bien”, ni un “gracias”, ni un “lo siento”.

El autor es escritor



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