El fuerte Terable, sobre el río Bayano


Sus referencias son poco conocidas pero inequívocas. Su antigua existencia es confirmada por viejos mapas coloniales de lo que en aquellos tiempos se denominaba “Darién”, que incluía, además de a la provincia actual, a San Blas, el Alto Bayano y amplias zonas hoy colombianas.

Ese Darién, en la colonia como ahora, suponía un vasto territorio verde en abierto contraste con la árida meseta ibérica de los conquistadores, donde los caminos de piedra eran suplantados por caudalosos ríos, y la escasa población se transportaba y comerciaba no a caballo sino en canoas. 

Aunque Darién fue la primera región istmeña atravesada por los españoles, nunca fue realmente conquistada. Los tenaces indígenas gunas, sobre todo, libraron guerra sin cuartel al invasor. La colonización española tuvo que volcarse hacia las provincias centrales y el eje interoceánico, con la agricultura como principal actividad económica.

En la provincia rebelde no existía la paz indispensable para el desarrollo de la agricultura, pero sus minas de oro eran demasiado atractivas para dejarlas sin explotar, aún en medio de una población hostil. Las principales minas eran las de Cana en el Darién profundo, pero también las hubo en el Alto Bayano.  

Para asegurar el acceso a ellas, los españoles construyeron una serie de fortines ubicados sobre las vías fluviales. El Fuerte de San Rafael de Terable fue construido sobre el río Bayano en 1685 y reforzado en 1745. Tomó su nombre de un pequeño y cercano tributario del gran río. Su misión principal era proteger a la población de San Cristóbal de Chepo de los ataques indígenas que provenían del norte y este de la provincia. Además, controlar la ruta de salida del oro desde las minas del Alto Bayano, como las de Pásiga.

En su construcción también primó un objetivo estratégico global. La distancia entre la boca del Bayano y el Golfo de San Blas marca el punto más angosto del istmo, lo que era conocido por piratas ingleses y franceses, por lo que la ruta fluvial era utilizada con frecuencia por ellos.

En 1751 el Fuerte Terable fue asaltado y tomado por rebeldes gunas.  Los ataques eran a muerte. En 1750, 1754 y sobre todo en 1775, más de 400 pobladores de las zonas de las minas fueron pasados a cuchillo. Hacia finales del siglo los españoles simplemente se retiraron. Pasaría más de siglo y medio hasta que la nueva república de Panamá incursionase en el Alto Bayano con la construcción de la represa y la carretera Panamericana.

El paseo en auto desde la capital es de apenas una hora por la carretera Panamericana. Pasando Chepo pero antes de la represa de Bayano nos topamos con la población de El Llano. El camino a la izquierda conduce hasta Cartí, Guna Yala, allende la cordillera. El camino a la derecha nos lleva al embarcadero sobre el río Bayano, que nos sorprende escondido a escasos pasos.

Al borde del caudaloso río negociamos el traslado en piragua con motor fuera de borda. El paseo es corto: apenas 10 minutos. La naturaleza nos regala una cacofonía de aves confiadamente sobrevolando nuestra embarcación. El sol radiante da un toque especialmente luminoso a las hojas de los árboles gigantescos en cada curva, moviéndose al ritmo de la brisa veraniega. Es exhilarante. Si fuera solo por este hermoso espectáculo bien valdría la pena el paseo.

La piragua se arrima a la orilla y caminamos escasos 50 metros. Sobre una colina en una curva del río encontramos las ruinas de la fortaleza, tímidas, adormecidas y misteriosas, como callando mil historias. Su emplazamiento era estratégico: desde ahí se podía otear la gran autopista fluvial en ambas direcciones.  La selva que lo cubre todo impide imaginar mucho más.

Las ruinas son escasas y poco reveladoras. Se distingue lo que debió haber sido el pequeño cuartel principal con su fachada encarando el río. Hay paredes de piedra precariamente sostenidas por raíces arbóreas. También restos de ladrillos y tejas aquí y allá.

La breve exploración confirma que al contrario de otros fuertes, como San Lorenzo del Chagres, el fuerte Terable no estuvo amurallado. Más que un gran bastión, era un puesto de control militar sobre la vital vía de comunicación abajo.

El misterio del sitio aumenta al evidenciarse la existencia de ocupaciones posteriores. Sobre las bases de los restos españoles se observan plataformas elevadas de concreto similares a las construidas en el siglo XX por el ejército norteamericano. La historia es parca en lo referente a registros de presencia de ese país ahí, pero la profusión de recipientes de vidrio de productos del norte parece confirmarla. La botella más reciente encontrada data de 1953.

Después de la presunta presencia estadounidense hubo un breve período de asentamiento campesino. Fue sin duda entonces que se inició la construcción de la capilla hoy abandonada, cuyo rústico portal de bloques de concreto es coronado por ladrillos tomados de las construcciones españolas originales. Según relatan los vecinos del área, los escasos pobladores fueron evacuados al construirse la represa de Bayano río arriba en la década de 1970, por el temor a peligrosas riadas e inundaciones.

Los panameños somos afortunados en contar con tantos tesoros históricos. Con esa bendición viene también la obligación de salvaguardarlos como patrimonio del mundo. San Rafael de Terable es uno de ellos. Como acción indispensable, Patrimonio Histórico debe hacer una prospección del sitio. El Estado debe garantizar su limpieza, señalización y mantenimiento. La población de El Llano debe beneficiarse económicamente a cambio de mantener el sitio impecable. ¡No hay tiempo que perder!  

Una excursión a este desconocido parque arqueológico toma apenas medio día desde la capital. ¡Descúbrelo, es tuyo!

rejimeneze@hotmail.com



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