después de ‘Nada’, toda una vida


Su primera novela, Nada (1944) consagró a Carmen Laforet (Barcelona, 1921 – Madrid, 2004) como escritora. Se dice de ella que tras ese éxito precoz siguió “la nada”, “el silencio”. No es cierto. Una vida fecunda -no siempre sinónimo de satisfecha o plena-, en lo personal y en lo profesional marcó su paso por este mundo. 

Ganadora del primer Premio Nadal en 1945, se casó, tuvo cinco hijos y escribió otras cuatro novelas: La isla y los demonios (1952), La mujer nueva (1955), La insolación (1963) y Al volver la esquina (2004). También numerosas novelas cortas y relatos, así como artículos literarios. 

Además, fue una viajera incansable que visitó países extranjeros, Marruecos, Estados Unidos o Francia entre otros. Mantuvo una relación amorosa con la tenista Lili Álvarez e intercambió correspondencia con amistades literarias como Elena Fortún o Ramón J. Sender.

Carmen Laforet pasó su infancia en la isla de Gran Canaria y con 18 años viajó a Barcelona para estudiar Filosofía y Letras, carrera que no llegó a terminar. Allí vivió tres años en casa de unos parientes. También allí germinó la semilla literaria que años más tarde, cuando se trasladó a Madrid para estudiar Derecho, florecería en Nada. Como su protagonista, Laforet también era una joven huérfana que viajó en su mayoría de edad a la Ciudad Condal para, alojada en la casa de su abuela y sus tíos, estudiar en la universidad. 

El personaje, Andrea, en busca de una vida mejor, inicia a su llegada un viaje de aprendizaje y crecimiento personal en un ambiente hostil marcado por el hambre y la violencia. Quizá la realidad vivida por la escritora no fuera tan asfixiante. En cualquier caso, no hay que caer en la tentación de convertir el relato en un texto autobiográfico.


‘nada’

  • Ediciones destino. 344 páginas. 20 euros.

“¿Quién podía imaginar que el día a día de una joven de lo más normal podía convertirse en una historia leída y releída sin cesar desde que se publicara?”, se pregunta la también Premio Nada Najat El Hachmi en la reedición de ‘Nada’ publicada por Destino. Quizá así sea porque, como señala la escritora, “contaba lo que no se podía contar y casi sin decir nada”.

La “nada” etérea que atraviesa la novela ya es sugerida cuando Laforet recupera en la primera página los versos de Juan Ramón Jiménez: “A veces un gusto amargo / Un olor malo, una rara / Luz, un tono desacorde, / Un contacto que desgana, / Como realidades fijas / Nuestros sentidos alcanzan / Y nos parece que son / La verdad no sospechada…”. 

Una “nada” que se apodera poco a poco de las ilusiones juveniles de Andrea, quien se da de bruces con la lúgubre familia que la acoge en la casa de la calle Aribau, microcosmos que es también metáfora de la depauperada sociedad española de posguerra. 

“¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias incompletas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias demasiado oscuras para mí. Su olor, que era el podrido olor de mi casa, me causaba cierta náusea… Y sin embargo, había llegado a constituir el único interés de mi vida”, confiesa su protagonista casi al inicio de la novela.

Vacío, sin embargo, que, como un folio en blanco, le permite adentrarse en la búsqueda de su identidad y dibujar su propia senda vital. Una práctica de la libertad que le posibilita zafarse de los espacios opresivos y las agresiones que sus familiares se infligen entre ellos. Escapa de las insinuaciones de su tío Román o los ojos vigilantes de su tía Angustias, quien trata de controlar sus horarios y salidas y le advierte sobre los dos únicos caminos posibles para las mujeres: casarse o entrar al convento. 

''Nada', de Carmen Laforet, con ilustraciones de Claudio Stassi.

‘nada’

  • Planeta Cómic. 208 páginas. 25 euros.

El dibujante Claudio Stassi, nacido en Palermo y residente en Barcelona, ilustra esta novela gráfica basada en la novela homónima de Carmen Laforet. Las lúgubres calles barcelonesas de los años de posguerra o el insalubre ambiente familiar que se respira en la calle Aribau son capturados entre sus viñetas.

En el polo opuesto, sitúa a Gloria, madre del hijo de su tío Juan, a quien califica de “serpiente maligna”. A los ojos de Andrea, no obstante, las opciones son infinitas. Ena, su gran amiga en Barcelona, los jóvenes bohemios y otros compañeros de universidad le señalan luminosas alternativas. A pesar del dolor que supone madurar, la vida despliega ante ella toda su esencia. Las ilusiones se destruyen, pero nacen otras nuevas. “Hasta en Nada hay felicidad. Hay una dulce conformidad con la desgracia”, escribió Ramón J. Sender a su amiga en 1966.

Quizá la vida que encontró Andrea en Barcelona, como tal vez le sucedió a la propia Laforet, no se correspondía con las ilusiones que se fueron gestando en ella cuando viajaba acompañada de su vieja maleta. Tampoco, seguramente, imaginó la amistad que a lo largo de los meses se iría fraguando con Ena y lo que aquella relación le ofrecería: la posibilidad de viajar a Madrid al terminar el curso, escapar del espacio irrespirable y humillante en el que se había visto arrinconada, y comenzar a trabajar en la empresa familiar de su compañera.

“Bajé las escaleras, despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces”. 

Una reflexión final, como una vuelta a la casilla de salida, una puerta abierta, donde habita la promesa de la vida misma.



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