Denuncian maltratos y discriminación en el Instituto Nacional de Salud Mental


Las humillaciones, el maltrato y la discriminación son algunas de las irregularidades que denunciaron a La Prensa pacientes que convalecieron en el Instituto Nacional de Salud Mental (Insam).

Algunos casos –como el de Ohboy Mc Lean– han llegado, incluso, hasta la Defensoría del Pueblo, aunque sin mayores resultados y mucho menos consecuencias.

La directora del Insam, la psiquiatra Juan Herrera, admite que han recibido algunas denuncias, a las que se les ha dado curso, aunque el personal que ha sido señalado por los pacientes sigue en sus puestos de trabajo, tratando a pacientes altamente vulnerables dada la fragilidad de su salud mental.

‘Me equivoqué’

Una de las quejosas es Heavenly Muñoz, joven de 27 años que en 2017 se internó en el Insam. Llegó a la entidad tras dos intentos de suicidio y recién diagnosticada con fibromialgia, enfermedad que le provocaba fuertes dolores, al punto que tuvo que renunciar a su trabajo y dejar a su pareja.

Al día siguiente de su ingreso, la psiquiatra Elvia D’Orcy pasó ronda, acompañada de estudiantes universitarios. “Pasó por donde mí y me dijo: ¿cómo se dice tu nombre? Le dije: Heavenly, que significa celestial. Pero de celestial no tienes nada, porque te querías matar”, le respondió la doctora. Y las inapropiadas preguntas siguieron delante de los estudiantes: “A ver… ¿por qué es que te querías matar?”.

“Miré al grupo y le dije: yo quería estudiar medicina, en un intento por ignorar la pregunta. Le conté mi historia con calma, soltando un par de respiraciones fuertes para que [D’Orcy] dejara de provocarme, pero siguió, hasta que exploté y le grité todo lo que sentía. Le dije: pensé que aquí me iban a ayudar, pero me equivoqué. Me acarició el hombro y con un tono suave me dijo: ‘sí te vamos a ayudar, Heavenly, no te preocupes”.

Al marcharse, la doctora se dirigió a los estudiantes e hizo un comentario acerca de la operación de senos que se había hecho Muñoz. “¿A qué vino eso? Me sentí peor que cuando llegué”, recuerda.

Era el 10 de octubre de 2017, el día que Panamá celebró la clasificación de la selección de fútbol a su primer mundial, mientras Muñoz, lejos de la fiesta, lamentaba cada minuto estar en las instalaciones del Insam.

Al día siguiente, sin saber el nombre de la nueva doctora que pasaba ronda, Muñoz le contó lo sucedido. La estaba atendiendo la directora del Insam en ese entonces, Eldia Lasso. Desde entonces, empezó a ser visitada con más frecuencia.

“Por la noche me pusieron la inyección, y al rato me levanté para ir al baño, siempre con supervisión. Tenía más libertad que los demás. A las otras chicas nunca las desamarraban ni para bañarse. A veces, no les cambiaban los pañales ni aunque estuvieran con la menstruación. No les daban agua ni dejaban que yo las ayudara”, recuerda Muñoz.

“En esa ocasión –añadió– me levanté del inodoro y todo me dio vueltas. No me di cuenta cuando me desmayé. La enfermera y el técnico me levantaron y me llevaron a la cama. Me pusieron alcohol en las raspadas y me amarraron como Jesucristo”.

A la mañana siguiente, Muñoz, queriendo irse a su casa, pidió desesperadamente y en medio de un llanto profundo que llamaran a su madre. Después de cuatro horas, la trabajadora social lo hizo. O eso fue lo que pensó ella. La funcionaria le informó que su mamá no podía ir en ese momento por ella. “No entendía cómo mi mamá no hizo nada por ir, cuando le estoy mandando a decir que estoy agonizando”.

“Al rato llegó la doctora D’Orcy. Al parecer, le habían llamado la atención por lo que me hizo y llegó toda acelerada, hablando alto y diciendo: ‘Ay, la traté mal. Aquí nadie es pobrecito, pobrecita yo!’. Entonces me pidieron quedarme y dejarme ayudar. Accedí”, relató.

Luego llegó su madre, a quien le reprochó no haber ido cuando ella pidió que la llamaran. Su madre le respondió que solo le preguntaron si iba a ir a la reunión de los padres. “Primera traición del día”, recuerda Muñoz, refiriéndose al personal que velaba por su salud.

Aprovechando la visita de la madre, la doctora D’Orcy le dijo, frente a Muñoz, que su hija era una manipuladora, frustrada, que tenía trastorno de personalidad múltiple y se hacía la víctima. Y que ahí no podrían ayudarla.

Muñoz y su madre se fueron, pero antes, le contaron todo lo sucedido a la directora del Insam, quien le pidió que no se fuera y que escribiera una carta contando todo lo que pasó y volviera en unos días para internarse bajo la tutela de otro médico. “Eso, por supuesto, no pasó”, subrayó la paciente.

La Prensa entrevistó a la psiquiatra Elvia D’Orcy por estos incidentes. Respondió que no recordaba el caso. “Eso fue en 2017 y la cantidad de pacientes que uno ve es bastante. No recuerdo nada de eso. Tendría que buscar el expediente”, dijo.

Añadió que, “a veces, con los pacientes, uno debe entrar con confrontación, porque el individuo está en negación. A veces lo toman como agresión, pero buscamos que el inconsciente venga a flote y responda a lo que está pasando. Hay que escarbar”.

Queja en la Defensoría

La experiencia de Ohboy Mc Lean en el Insam fue traumática. El 25 de mayo de 2020 acudió a pedir ayuda –voluntariamente– por sus pensamientos suicidas.

Mc Lean es un estudiante universitario de 24 años. Sufre de bipolaridad y es homosexual. Internado en la sala de crisis, “una técnica de enfermería morena, delgada y con el cabello corto, me preguntó mi nombre. Amablemente respondí. Su respuesta fue que por qué yo hablaba así, tan afeminado, que yo debía hablar como un macho, porque soy un hombre. Lloré. No podía creer que donde se suponía que fui a buscar ayuda también estaba siendo juzgado”.

Mc Lean fue transferido al área de “breve estancia”. Allí, un técnico de enfermería “moreno, bajo, gordito y con anteojos” le asignó una cama y le pidió al resto de los pacientes despejar el área porque quería hablar con Mc Lean algo personal.

“Yo pensé que me daría las reglas del lugar, pero no. Al parecer ya todo el personal sabía de mi orientación sexual, cosa que no debió ser así, porque yo no había dado autorización para revelarlo.

El enfermero le dijo: “Este lugar es para estar tranquilo con los otros muchachos, pero, por tu situación, es mejor que actúes natural, porque aquí no se viene a buscar relaciones sentimentales ni sexo”. Mc Lean le respondió que él “venía a sanar emocionalmente, no a nada de eso; me respondió que él tenía un hijo gay, como yo, que vivía en Dominicana. Que él no discriminaba a nadie, pero que tratara de no convivir con los otros muchachos”.

En adelante, el trato fue más “tosco” que con el resto de la población, relató Mc Lean, quien tuvo otro incidente traumático. La misma enfermera que le reclamó por su forma de hablar, lo reprendió duramente tras haberle regalado su desayuno a otro paciente. “Lo hice porque me entregaron un cartón de leche y crema de avena. Los lácteos me hacen daño y no quería desperdiciar comida”.

Mc Lean le preguntó a la enfermera si estaba enojada. Ella respondió que “a los hombres hay que hablarles duro desde pequeños, para que tuvieran claro que eran hombres y no otra cosa”. “La ignoré y me puse a conversar con un compañero. Ella me miró y me dijo: ‘¿Qué estás diciendo de mí? Yo puedo ser hasta tu mamá y te doy rejo si me da la gana’”.

Mc Lean pidió una reunión con los psiquiatras y la trabajadora social. No se la dieron. “El doctor Saavedra me dijo que hablaría con ellos, pero jamás recibí siquiera unas disculpas. También se negaron a darme los nombres de esas dos personas que abusaron de su poder conmigo. Solo me dijeron que no les hiciera caso y que en la calle también pasan cosas así. Les dije que esa no era la calle, sino un lugar en el que [supuestamente] iban a ayudarme”.

Mc Lean interpuso una queja en la Defensoría del Pueblo, el 11 de junio de 2020, por todo lo que vivió.

Esa queja, confirmó el defensor del Pueblo, Eduardo Leblanc, fue admitida 28 días después. Se enviaron tres oficios al Insam (en julio de 2020, noviembre de 2020 y agosto de 2021), pero no fue hasta agosto de este año, 14 meses después, que hicieron la primera visita al Insam. La respuesta oficial fue que se cumplieron con los procedimientos y no se violaron los derechos del paciente. Según Leblanc, ampliarán la investigación.

Acosos

Carolina Carvajal estuvo hospitalizada en el Insam por seis días en mayo de 2020. Aunque no vivió los abusos a su dignidad que han sido descritos en estos reportajes, cuando fue dada de alta recibió un mensaje a su celular.

Le escribió el médico que la atendió. Un hombre mayor del que no recuerda el nombre. “Me dijo que era para saber cómo estaba, y pues yo lo vi normal… le contesté”. Pero después empezó a llamarla para decirle que era “muy guapa, que si salíamos… Me ofreció que nos viéramos, que me daba algo si nos veíamos”. Ante el silencio de Carvajal, el doctor desistió del acoso.

Más denuncias

Gabriela Charneu Maduro compartió la traumática historia de su hijo, diagnosticado con esquizofrenia, que estuvo internado en el Insam dos veces en 2019. “Fue tratado de manera muy agresiva y fue testigo de malos tratos a otros pacientes. Apenas se quejan les dan sedantes. Los despiertan sin razón de madrugada y solo los dejan usar ropa usada y en muy mal estado. Mi hijo salió mucho peor de lo que entró al Insam”.

Ashley Santamaría, internada por trastorno psicótico agudo, también relató haber sufrido abusos por parte de un enfermero moreno. “Me bañó y, estando yo desnuda, me tocó con su miembro. Al cuestionarlo, “la respuesta fue que me quedara tranquila, que nadie se enteraría”.

Ashley –veterinaria de 31 años– estuvo internada del 8 de enero al 19 de febrero de este año. “Fue como estar presa. Nos tratan a todos como si fuéramos violentos. Te levantan muy temprano, debes bañarte con agua fría en un cuarto helado y no te dejan usar tu ropa. No me dejaban ir al baño en la madrugada. Me decían que si molestaba me iban a amarrar”. Por eso no dijo nada del incidente con el enfermero. “Tenía mucho miedo. Quise escaparme, pero no pude”.

Ashley sigue en tratamiento y, contó, “lo más duro ha sido tratarme los traumas de ese lugar. Literalmente es el infierno en la tierra”.

Problema recurrente

Denuncias como las descritas ayer y hoy no son exclusivas del Insam. En 2012, familiares de una menor de 10 años denunciaron abuso sexual en la Sala de Paidopsiquiatría de la Caja de Seguro Social (la única sala para tratar enfermedades mentales en niños y adolescentes en el país). El caso acabó en sobreseimiento.

En tanto, hay dos denuncias contra la libertad e integridad sexual en la modalidad de violación y actos libidinosos en el hospital Rafael Hernández, en Chiriquí.

Por este caso hay un camillero detenido desde abril de este año, explicó la abogada de las dos denuncias, Cristina Rodríguez.

En la comisión de Salud de la Asamblea Nacional reposa, en espera de prohijamiento, el proyecto 096 de salud mental presentado por el diputado Gabriel Silva, que establece los derechos de los pacientes.

‘Aquí no se discrimina a nadie’

La directora del Insam, la psiquiatra Juan Herrera, se refirió a dos de los casos narrados en este reportaje.

¿Qué puede decir del trato homofóbico contado por uno de los pacientes?

Aquí no se discrimina a nadie. No importa qué diagnóstico tenga ni su condición económica ni preferencia sexual.

¿Entonces qué pasó? ¿El paciente se lo inventó?

Si hay alguna persona trabajando en contra de eso, tenemos que recomponer eso. ¿Quién fue? Que digan.

No le quisieron dar la información al paciente…

Que se acerque al médico de la sala y que se lo digan.

Casi todos los pacientes dicen haberlo hecho y no haber recibido solución.

Si no les dan respuesta en sala, pueden acercarse a la Dirección Médica o a la Subdirección de atención.

Pero están amarrados…

Sí, pero que lo hagan una vez que salgan. Que se acerquen cuando les den el alta.

¿Al paciente hay que confrontarlo en público?

Hay que investigar. Que hagan la nota y lo vemos.

La base es el respeto

El trabajo de los profesionales de la salud mental se basa en los códigos de ética, cuya base es el respeto a la integridad física y moral del paciente, explicó Vali Maduro, doctora en psicología y suicidóloga. “Tocar sus partes privadas u otras partes de su cuerpo de forma inadecuada, es un abuso sexual”, afirmó.

El psiquiatra Rogelio Moreno coincidió: “cualquier procedimiento fuera de indicación es inapropiado, pero es particularmente reprochable si la motivación es aprovecharse del paciente”.

Tampoco es correcto, añadió Maduro, permitir que las creencias, valores y prejuicios influyan en el trabajo de un profesional. “No es lo que nosotros opinamos, creemos o queremos. Son personas que merecen respeto, sin importar su género, raza u orientación sexual”.

Maduro sostuvo que las afectaciones a la salud mental se manifiestan con dificultades para regular emociones y conductas no esperadas. “Que un profesional le pida o, peor, amenace al paciente que llora, es un abuso. La confrontación tampoco es un tratamiento idóneo: irrespeta al paciente y rompe la confianza, base de la alianza terapéutica”.

Para Moreno, estos incidentes generan desesperanza y resentimiento, sobre todo por las pocas opciones públicas que tienen los pacientes. Sus denuncias, subrayó, “merecen la misma consideración que cualquier otra denuncia de abuso”.



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