del hormigueo a la fatiga


Cuando una enfermedad no tiene pruebas específicas y, por tanto, se identifica mediante diagnóstico diferencial (descartando otras patologías similares) es posible que se produzcan diagnósticos erróneos, lo que a su vez conlleva un riesgo importante para el paciente. Esto es especialmente típico cuando, además, el cuadro patológico se presenta con síntomas altamente inespecíficos, como puede suceder en el caso de la esclerosis múltiple.

Síntomas comunes con otras afecciones

La esclerosis múltiple es una enfermedad de tipo autoinmune en la que el sistema inmunitario ataca la mielina, una protección que recubre las fibras nerviosas. Esto, a su vez, provoca diversos grados de afectación (llegando, en algunos casos, a ser incapacitante).

No existen pruebas específicas que permitan diagnosticar la esclerosis múltiple, por lo que debe identificarse en base a los síntomas que provoca y descartando otras enfermedades que se manifiestan de manera similar pero para las que sí que existen test más o menos específicos. Esto se conoce como diagnóstico diferencial.

Muchas veces, esto puede ser complicado; especialmente, si tenemos en cuenta que el cuadro clínico de la esclerosis múltiple varía mucho en función de los nervios afectados y de la gravedad del daño en la mielina y las fibras nerviosas.

Por ejemplo, es posible que una persona con esclerosis múltiple, especialmente en las primeras fases, simplemente experimente entumecimiento u hormigueo en una o más extremidades. El problema radica en que este síntoma también aparece en otras afecciones graves como son la diabetes, la enfermedad de las arterias periféricas, la fibromialgia, ciertos tumores o quistes que presionan determinados nervios, daños neurológicos por el consumo excesivo y prolongado de alcohol o derrames cerebrales.


Otra señal frecuente de la esclerosis múltiple es la fatiga, que también es común en patologías como la anemia, la depresión, la deficiencia de hierro, trastornos varios del sueño, hipertiroidismo, hipotiroidismo, enfermedad de Addison, artritis, cáncer, diabetes, fibromialgia, insuficiencia cardíaca, infecciones como la endocarditis, enfermedades renales, o enfermedades hepáticas.

Las enfermedades a descartar

Considerando todos los síntomas que se conocen en la esclerosis múltiple, en la práctica clínica existe una serie de enfermedades que son las que habitualmente es necesario descartar para poder llegar al diagnóstico certero de la esclerosis múltiple.

Entre las infecciosas, por ejemplo, puede confundirse con varias meningitis, encefalitis, abscesos cerebrales, ‘neurosida’ (encefalomielitis provocada por el VIH), neurosífilis, leucoencefalopatía multifocal progresiva, parasitosis, paraparesia espástica tropical, enfermedad de whipple o la enfermedad de Lyme. Es especialmente importante identificar correctamente estas patologías, ya que el retraso en el tratamiento puede tener consecuencias muy graves en poco tiempo.

Varias formas de cáncer o neoplasia, como el linfoma primario del sistema nervioso central, pueden pasar desapercibidas bajo un falso diagnóstico de esclerosis múltiple; como también puede ocurrir con lesiones producidas por la radioterapia.

Igualmente, se considera muy importante descartar ciertas enfermedades vasculares, algunas de gran gravedad (como la enfermedad moya-moya, infartos múltiples o vasculitis por drogas) antes de diagnosticar una esclerosis múltiple.

Finalmente, otros trastornos que afectan a la mielina pueden constituir quizás el mayor elemento de confusión. En este grupo se incluyen la neuromielitis óptica, la neuritis óptica (con cuadros similares a las manifestaciones ópticas de la esclerosis múltiple), la mielitis transversa, las leucodistrofias o la deficiencia de vitamina B12.



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