De la ameba a Einstein


A través de toda la historia de la humanidad ha existido una notable tendencia a la descontextualización, a la fragmentación y a la separación en materia de saberes que, como decía Novo (2003), “ha dificultado que podamos comprender lo infinitamente grande [el universo], lo infinitamente pequeño [el mundo subatómico] y el ámbito de la vida”. Un principio rector de todo sistema cerrado es que todas sus partes están interrelacionadas, pero tendemos por egocentrismo científico a diseccionar aquello que pertenece a las ciencias del espíritu, sociales y blandas, de otras que se llaman ciencias duras, porque la objetividad, la medición y la cuantificación las hacen exactas, con tendencias marcadas a la atomización del conocimiento. Muchas veces también creemos que repetir ciencias nos hace científicos, y para llevar esta distinción, no solo hay parecerlo, sino serlo, como el cuento de la mujer del César.

Por lo dicho, no dejo de pensar en la incertidumbre que generó la pandemia, de la que aún no salimos, pero como en los corrillos del laberinto de la obra de Humberto Eco, de control psicoteológico, tal parece que al final del mismo, el conocimiento “científico” solo está disponible para unos elegidos y con este se hace el bien, pero también se enajena, al llamar a la conjetura objetividad; a la probabilidad, argumento basado en evidencia, y al resultado de la rigurosidad científica, verdad absoluta, porque la ciencia también puede ser un instrumento de manipulación política, bajo la pregunta: ¿para qué usamos el conocimiento?

Visto así, parece que olvidamos que en la “curiosidad científica”, la subjetividad e intereses del curioso llevan una carga valorativa y que indefectiblemente como por ensayo y error, están presentes virtudes y miserias del investigador. En materia de salud pública, ¿acaso habrá lugar para una epidemiología sin números al alcance de la gente?

Sin desconocer el proceso formativo ligado a vocación o al interés individual, existe desde mi punto de vista diferencias entre ser, pensar y hacer ciencia, para luego comunicarla.

¿Aplicar el método de la ciencia nos hace científicos? En realidad, no, porque el hecho que vivamos en democracia no significa que haya más demócratas; lo que permite es reducir la carga subjetiva al buscar aquello que se oculta tras la apariencia de un fenómeno, social o natural. En todo tiempo, pero ahora agudizado por la pandemia, comunicar la ciencia en Panamá ha hecho que surjan muchos científicos mediáticos que no hacen ciencia, solo la repiten; esto es aceptable, pero no la producen, porque decir que no somos políticos ya es una posición política, como dice Weber en su obra El político y el científico. Cada vez que usamos la frase “de acuerdo con la evidencia científica disponible”, solo enseñamos, lo que nos hace buenos docentes, sin que nos otorgue el título de científicos, lo que me hace recordar al autodenominado rey del pop.

Bajo esta relación ciencia, política y comunicación, hoy podemos reconocer que el manejo de la pandemia ha tenido, en mi análisis, al menos dos momentos decisivos: uno inicial, de lento despegue de la respuesta, y otro clave de conocimiento, mitigación y control. El primero se agotó rápidamente por la implementación de un enfoque medicalizado donde se pensó y se actuó atendiendo una lógica biopatocéntrica, en el que la gestión hospitalaria, absolutamente necesaria en la preparación de la respuesta contingente, le otorgaría al sistema cierto grado de seguridad, contando muertos y enfermos, encerrando sanos, por lo que pronto caeríamos en rendimiento decreciente, porque, en la historia de la salud pública, el enfoque reparativo siempre ha sido insuficiente.

En la segunda etapa, la mesa no estaba servida como se ha querido decir y de este enfoque ya superado basado en la ameba, ocurrió un punto de inflexión, en la nueva gestión a mediados del año 2020, un salto cualitativo en la estrategia que propuso que nos enfocáramos en la personas y no en la enfermedad, sacáramos la respuesta unicista de los hospitales y, bajo el principio rector que los problemas se resuelven mejor donde se originan, recordamos que aunque Einstein era científico, primero fue persona, reduciendo los números de la epidemiología, enfocando los esfuerzos en el entendimiento del comportamiento humano y no solo del virus, estructurando una respuesta bajo un ordenamiento territorial sociosanitario que redujera el analfabetismo en materia de salud poblacional, coligiera con la vacunación y la participación social como aliadas estratégicas, menos representativo y más participativo en la toma de decisiones. Debo ser honesto que, si alguien dice que la experiencia de Panamá se parece a la de otro país, diría que genuinamente construimos una nueva pedagogía de la pandemia multigeneracional, en donde la ciencia dejó de ser el mundo de la perfección de Platón y se vistió con traje de pueblo para una mejor y mayor disciplina social. Como dice un proverbio japonés, “para el viaje, compañía; para la vida, cariño”. Hoy, lo blando y lo duro en materia de ciencias convergen para el diseño de una nueva arquitectura colegiada de la respuesta, mejor comunicada, con la que salimos como país de un frío laboratorio, para pasar así de la ameba a Einstein.



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