Consecuencias de una guerra


La invasión de Ucrania por el ejército ruso va a tener repercusiones que muchos no podemos siquiera imaginar. Por un lado, las muertes de soldados en ambos bandos y la destrucción de una buena parte de la infraestructura de un país. Por el otro, la desestabilización económica global con el alza en los precios de diversos productos, bienes y recursos producidos y exportados por los bandos combatientes que, en opinión de muchos expertos, va a desencadenar una escasez de alimentos y productos agrícolas, que lógicamente afectará a los países más pobres, especialmente en África. Sin mencionar las pesadillas logísticas por el cierre de vías terrestres y aéreas como consecuencia de la guerra, que afectan directamente al comercio mundial. Todo esto por supuesto opacado por la muerte y lesión de miles de civiles inocentes, incluyendo mujeres, niños y ancianos atrapados en las ciudades y pueblos donde se desarrolla la batalla.

Pero una preocupación adicional que tengo como médico, no se limita sólo a la violencia y destrucción causadas por las balas y misiles, sino la muerte de personas por el sitio y bloqueo de las ciudades, por la falta de agua potable, medicinas, alimentos y fuentes de energía para combatir el frío. No puedo ni pensar la angustia y el sufrimiento de los heridos y enfermos que yacen en las camas de hospitales semidestruidos, sin medicamentos para el dolor, sin antibióticos, sin nada.

El riesgo de epidemias en la zona de conflicto o entre los refugiados y desplazados es también un riesgo real. Las enfermedades infecciosas han sido siempre aliadas de las guerras. Antes del siglo XX, más soldados perecían víctimas de las infecciones y epidemias que de las heridas en el campo de batalla. Durante la Guerra Civil Americana (1861-1865), por ejemplo, se estima que 200,000 soldados murieron como consecuencia directa de las lesiones de guerra, sin embargo, 300,000 perecieron como consecuencia de enfermedades infecciosas. No fue sino hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918) que la proporción de muertes en el campo de batalla igualó las muertes por enfermedades.

Ampliamente conocidas son las epidemias desatadas como consecuencia de guerras. Tifus, plaga, disentería, viruela, cólera, fiebre tifoidea, sarampión, difteria y muchas otras han afectado no sólo a los ejércitos combatientes y reclutas, sino a las poblaciones civiles de los países en guerra y a sus vecinos. Y aunque los avances en la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades han mejorado en los dos últimos siglos, el colapso de los sistemas de salud pública y de atención médica durante los conflictos bélicos, son siempre factores que facilitan el surgimiento y diseminación de las infecciones.

Un ejemplo reciente lo tenemos en la Guerra Civil en Siria, donde enfermedades como la poliomielitis y el sarampión, relativamente controladas antes del inicio del conflicto por la vacunación, hicieron un retorno triunfal afectando a miles de niños en ese país y extendiéndose a otros de la región. El descenso en la cobertura de vacunación durante la guerra, el hacinamiento en los campos de refugiados, la desnutrición y el deterioro físico y psicológico contribuyen en forma sinérgica a producir estos rebrotes epidémicos. Sin mencionar la destrucción casi completa de la infraestructura higiénica, de los centros de atención y la suspensión de los planes y programas de prevención en las regiones afectadas por la guerra.

Tengo la esperanza que una catástrofe epidémica como las ocurridas en el pasado no va a suceder en Ucrania y los países vecinos. Primeramente, porque los países que están recibiendo refugiados, como Polonia, Rumania y otros de la Unión Europea, tienen un nivel económico y de salubridad superior. Además, los refugiados, según he visto en los medios de comunicación, se están distribuyendo a diferentes países y distintas regiones dentro de un mismo país, para evitar la excesiva concentración. Pero, de cualquier forma, más de 4 millones de personas desplazadas en unos pocos días son demasiadas. Y si el conflicto se prolonga, los que han quedado atrapados en las ciudades de Ucrania seguirán vulnerables a infecciones y no hay garantía que en un futuro una epidemia no venga a agravar aún más la situación. Recordemos que todavía no hemos salido completamente de la mayor pandemia de los últimos cien años.

Finalmente, tengo otras dos preocupaciones adicionales. Como si las anteriores no fuesen suficiente. La primera, es la probabilidad que el ejército invasor utilice armas químicas. Esta situación ya se dio muy recientemente en Siria. La muerte y el sufrimiento asociado a este tipo de armas es indescriptible y las consecuencias de su uso, especialmente en áreas urbanas, son devastadoras. La segunda preocupación se basa en algo más remoto e improbable, digamos casi impensable, hasta hace un mes. Me refiero al uso de armas nucleares tácticas y al inicio de una nueva guerra mundial. Y aunque esto pueda sonar descabellado, hace unos días escuché en una conferencia de prensa al secretario de Naciones Unidas, Antonio Guterres, decir que una guerra nuclear estaba dentro del “reino de las posibilidades”.

Estados Unidos, Gran Bretaña y países de la Unión Europea, están apoyando con material bélico y otros recursos a Ucrania y han impuesto sanciones económicas a Rusia. Estas acciones son, en mi opinión, una declaración de guerra solapada o, como se dice en inglés, por “proxy”. Y en el otro bando, Rusia está solicitando ayuda a China y estos pudieran asociarse y alinearse para enfrentar a los que apoyan a Ucrania. Siempre he pensado que la globalización y la interdependencia económica son factores disuasorios muy poderosos contra una nueva guerra mundial. Sin embargo, los eventos de las últimas semanas en el este de Europa me han hecho dudar. Y no es que yo ande por allí con un cartel anunciando el fin del mundo, pero todos sabemos cuán ambiciosos, destructivos y violentos podemos ser los seres humanos cuando nos lo proponemos. Y un mal día lo tiene cualquiera. Y una operación militar especial, como la llaman en el Kremlin, puede salirse de control y, como dije, tener consecuencias que uno ni se imagina.

El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas



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