“Con once años me negué a casarme e inicié una lucha contra los matrimonios infantiles en Pakistán”

Kadiatu Massaquoi, de Sierra Leona, y Hadiqa Bashir, de Pakistán, dos jóvenes víctimas de matrimonios forzosos y activistas contra esta violación de los derechos humanos.
JORGE PARÍS

Entre la timidez de Kadiatu Massaquoi y el impulso de Hadiqa Bashir hay un nexo: la lucha activa contra los matrimonios forzados a los que aún se ven sometidas millones de pequeñas. Ambas han aterrizado en Madrid, la primera desde Sierra Leona y la segunda desde Pakistán, para denunciar una práctica que se da en sus países pero también en muchos otros lugares del mundo. Las suyas son historias de quien lo ha vivido en primera persona.

Con motivo este viernes del Día Internacional de la Niña, Kadiatu y Hadiqa han sido invitadas a participar en un encuentro que cuatro ONG han celebrado para hacer hincapié en la situación de violencia que sufren tantas menores y que tiene en los matrimonios infantiles una de sus principales manifestaciones. Amnistía Internacional, Save the Children, Entreculturas y Mundo Cooperante han dado voz a estas dos chicas de 17 años que han tenido que madurar demasiado pronto. 

A Kadiatu, natural de un pueblo llamado Jendema, en la frontera con Liberia, le hubiese gustado ser enfermera. Pero con catorce años se quedó embarazada de su novio y fue obligada a casarse. “En Sierra Leona son comunes los matrimonios de niñas a los doce, trece o catorce años. Y si se quedan embarazadas es impensable que no estén con el padre del bebé”, relata. Ahí acaba su etapa escolar y a tan corta edad son consideradas adultas. “Para mí fue muy duro. Mi vida corría peligro. Estaba con un hombre que no tenía ingresos, no tenía nada”, continúa. Un hombre que en aquel momento también era menor y no contaba con recursos para sacar a su familia adelante. 

Pese a esa precariedad, la situación en su casa era aún peor. Al hecho de quedarse encinta le había precedido poco antes la muerte de su padre. Así, además de que la comunidad reprobaba que esperando un niño fuera a la escuela, su madre, con siete hijos más, dejó de tener recursos para proporcionarle una educación. Fue entonces cuando su misma progenitora le dijo que la única opción que tenía era casarse. Y con quince años pasaba por el altar: “Yo quería ir al colegio, pero era imposible”.

Esta joven encontró una tabla de salvación en Save the Children y su programa The right to be a girl, que involucra no solo a las niñas, sino también al entorno y a las autoridades en la erradicación de esta cruel costumbre. Gracias a este proyecto tuvo la oportunidad de cursar una formación profesional y empezó a trabajar para que lo que le había ocurrido a ella no vuelva a pasar y para que a su hija, nacida de aquel primer parto, no le roben la infancia. “Quiero que se eduque. Me gustaría que tuviera una formación científica y que sea útil para la sociedad”, anhela. “Vamos casa por casa para hablar con las niñas, convencerlas de que no dejen la escuela y explicarles lo negativo que es el matrimonio forzado. También hablamos con los padres para hacerles ver lo importante que es que continúen con su educación”, arguye.

Matrimonios infantiles

Porque además de la amenaza que suponen para sus vidas, estos enlaces están provocando que se pierda todo el talento que estas futuras mujeres podrían aportar. “En Pakistán los niños van a los colegios privados y las niñas a los públicos porque están destinadas a casarse. Tenemos que demostrar que somos iguales que ellos”, clama Hadiqa. Su batalla comenzó hace unos seis años, cuando rechazó la propuesta de compromiso de un taxista de 35 años que su abuela había aprobado por ser “un buen acuerdo”.

Ya tres años antes había sido testigo de la boda de una amiga y al descubrir que el marido le pegaba había quedado en shock. “En ese momento quise ayudar pero era muy pequeña y no sabía cómo”, admite. Con aquel instante grabado en su mente, la oportunidad le llegó cuando la propuesta la recibió ella. Ahí sacó fuerzas para oponerse y advirtió a sus padres de que si la obligaban acudiría a los tribunales. “Con once años me negué a casarme e inicié una lucha contra los matrimonios infantiles”, afirma.  

Había sido su tío quien le había hablado de los derechos humanos, le había dicho que no tenía por qué someterse a aquello y quien la ayudó a convencer al resto de la familia. Con ello consiguió paralizar su enlace, pero hacer entender a los suyos que desde ese momento se dedicaría a concienciar a la comunidad fue un proceso mucho más largo. “Al principio tienes a todo el mundo en contra. Los vecinos iban a casa a reclamarle a mi padre por qué estaba actuando así”, cuenta. 

Ni aquellos obstáculos ni las amenazas de muerte que ha recibido la han hecho desistir y lo que empezó como una campaña puerta por puerta por Swat, su pueblo, hoy se ha convertido en un movimiento que la ha hecho merecedora de varios premios internacionales. A él se ha unido incluso aquella amiga de la infancia cuya historia tanto la impresionó. Se siente orgullosa porque el mensaje va calando y ya hay mujeres de su círculo, incluida su abuela, que están interiorizando que ellas también tienen derechos. “Hemos conseguido que cincuenta niñas vuelvan a escolarizarse”, dice entusiasmada.

Matrimonios infantiles

Legislación

El siguiente paso de Hadiqa es prepararse para ser abogada y continuar con su labor desde instancias superiores. En Pakistán existen leyes contra el matrimonio antes de los dieciséis años, son de aplicación, pero no se están implantando “porque la gente no las conoce y no denuncia”. Su objetivo es lograr que la edad mínima para casarse suba a los dieciocho y aumentar las sanciones, que actualmente son de diez dólares.

Kariatu espera igualmente seguir en la lucha, una lucha que ahora sí, su familia ha aceptado. Incluido su marido, con el que tuvo un segundo hijo hace un año. En Sierra Leona, el Gobierno considera este problema “una emergencia internacional” y están aprobando medidas para resolverlo. Entre ellas se encuentra una ley que prohíbe expresamente los casamientos infantiles y que está a la espera de salir adelante en el Parlamento. No bastará sin embargo con darle luz verde. También hay que hacer una labor de inculcación más allá de las grandes ciudades, en zonas donde el derecho consuetudinario tiene enorme relevancia.

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