Colón… tan cerca y tan lejos


El canario que cantaba en la mina, ya murió. Nadie parece haber escuchado su advertencia.

El caos en la ciudad de Colón que hemos visto esta semana a través de los medios, es la tormenta perfecta de circunstancias socio-económicas adversas internas y externas que venían anunciando una crisis, dilatada por la pandemia, que hoy no hay cómo esquivar, magnificada por la indolencia y el desenfoque de prioridades de los actores del gobierno central y de los políticos que controlan los gobiernos locales colonenses.

Muy lejos está ya, en el imaginario colectivo del país, aquel Colón de avenidas amplias y arquitectura ejemplar, hemos sido todos testigos del deterioro de todas las áreas urbanas, una gran parte de su población sumergida en la pobreza, y, tan solo el año pasado, varios de sus edificios históricos demolidos por caprichos interesados de políticos locales, que se precian públicamente de manejar fondos discrecionales con el único fin de reelegirse.

Como siempre la disonancia entre los números macros del país y la realidad que vive la población es marcada: el Banco Mundial pronostica que en el 2022 se espera que el PIB de Panamá “vuelva a crecer con fuerza gracias al crecimiento remanente de 2021 (9.4 %), la expansión continua del sector minero y la recuperación tardía del turismo y el transporte aéreo. En el mediano plazo, el PIB convergerá a su tasa de crecimiento potencial de alrededor del 5 %”. A estos factores macro, podemos añadir los ingresos del Canal de Panamá y volvemos a tener ese panorama contradictorio de una economía que en números repunta frente a un escenario local laboral lleno de incertidumbre, con números de espanto: aumento de la informalidad, a casi el 50% de acuerdo a economistas locales, y un desempleo de 11.3%. ¿Lo más grave? No parece haber una estrategia coherente para cambiar el derrotero. En Colón, los números son aún más dramáticos.

La hermana ciudad, tan cerca y tan lejos de la capital, es un laboratorio viviente de las contradicciones económicas, educativas y laborales del país. Que quede claro que en una democracia, inclusive una que hace aguas como la nuestra, los derechos de reunión, de libre tránsito, de protesta pacífica, de huelga y de expresión son inalienables. Pero, como siempre, cuando se cruza la línea de la violencia, la destrucción de propiedad, causar lesiones personales, se abre la puerta al dilema de la represión por parte del Estado para garantizar, entre otros, el libre tránsito y la integridad física de las personas. Duras imágenes de colonenses que reclaman empleo, trancando las vías y afectando las fuentes mismas de empleo local: los puertos, la Zona Libre, los servicios logísticos. Como quien tiene un dolor de cabeza y decide darse en la sien con un martillo, a ver si se le quita. Y, francamente, ¿nos da seguridad ver a los estamentos de seguridad reprimiendo? Tampoco. Ni los unos, ni los otros. A esa vocación totalitarista de la actual administración le debemos el colapso del sector turístico.

Los que llamaron al paro, contra todos los llamados a la cordura de sectores privados y públicos, exigen, para variar, que sea el presidente de la República mismo quien se siente con ellos a “negociar”. Ese sigue siendo el termómetro de la instucionalidad resquebrajada y de las inútiles politiquerías de los gobiernos locales que se manejan clientelarmente, la incapacidad de articular respuestas y programas efectivos. Por lo que se imaginan que sentar a quien perciben como “el mero-mero” y extraerle promesas, va a solucionar algo. Todo el programa casi fallido para Colón de la administración 2014-2019 debería, al menos, haber dejado lecciones aprendidas. Lo más grave es que los problemas son tan complejos, que las usuales promesas superficiales, calculadas con las próximas elecciones en mente, que no abordan soluciones integrales reales, porque nadie se atreve a pagar el costo político, no van a ser suficientes esta vez. Y ni hablar de que un diputado de la República sea parte del caos, apostando a una victoria pírrica populista.

El actual poder ejecutivo se enfrenta nuevamente a una disyuntiva que en administración pública requeriría un proceso de cambio en las estructuras, funciones, actores, normas, valores y comportamientos institucionales. Ejecutivo que hasta la fecha, no se ha caracterizado por tener la valentía de ejecutar reformas administrativas integrales para resolver problemas graves, quedándose en las medias tintas políticas, con un discurso, además, trivial e inefectivo frente a estructuras corruptas y clienterales. Ejemplo puntual: el programa de invalidez, vejez y muerte de la Caja del Seguro Social y su inminente insolvencia.

En lo que a Colón se refiere, lo primero sería escapar de la falacia de que soluciones facilistas, desconectadas entre sí, puedan generar un cambio sustancial, si no se abordan los factores de educación, desempleo, pobreza, criminalidad y la promoción de las inversiones privadas para generar empleos (justas eso sí, no incentivos fiscales del 100%), con decisiones de gestión administrativa efectiva.

¿Tendrán la valentía y la capacidad? Porque si duele ver Colón de lejos, ni imaginarse lo qué será de cerca.

La autora es escritora y abogada



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