a la vejez, verdades bien contadas y otros suspiros


Están atrapadas. En un lugar y un momento concretos. Por eso no les queda más remedio que darle vueltas a la existencia “como a un hueso de aceituna”. Ellas, una docena de mujeres en sus últimos años, meses, días, repasan el amor y la desidia, el dolor físico y el mental, las extrañas intenciones de un marido muerto y unos hijos demasiado vivos. A todas las ha colocado el escritor Antonio Fontana (Málaga, 1964) en una residencia ficticia llamada Peña Hincada y desde ahí sus historias, algunas tremendas, otras sin pena y algo de gloria, traspasan el muro del abandono.

Hasta aquí hemos llegado (Siruela), que ha ganado el premio de novela Café Gijón, se inspira en el Decamerón de Boccaccio. “Es un homenaje de andar por casa”, explica el autor a 20minutos. En el libro del italiano los personajes huyen de la peste negra instalada en Florencia en el siglo XIV; en el de Fontana intentan esquivar algo todavía más fatal: la vejez. “De la muerte no se escapa nadie”. Su intención, dice, ha sido “criticar cómo vivimos en el siglo XXI”, una época en la que decimos “cuídate” al prójimo de forma vacía, en la que aparcamos a los mayores y hay quien se deja ir de pura tristeza.

Y ahí están la Millones, la Académica, la Enterradora y las demás, porque todas tienen mote, como en un colegio. Ese que rememoran ellas, con todo detalle, cuando cavilan en sus habitaciones, en el jardín, ante el director del centro. “He intentado ser lo más fiel posible a una persona de 80, 90 o 100 años, que son recurrentes en sus ideas; no les preguntes qué han comido, porque no se acuerdan, pero se acuerdan de los juegos de niñas”, apunta Fontana. Quería que fueran mujeres “reconocibles”, quizá en la madre o en la abuela de quien lee, un objetivo bien logrado.

Para ello se sirve el malagueño de una prosa particular. Con frases corta(da)s, mayúsculas y cursivas. Repeticiones y sutiles giros en las tramas. Le ha llevado lo suyo: “Yo no tengo don de la palabra, me cuesta muchísimo escribir”. Admite que cincela sus frases hasta la extenuación y que no le gustaría tenerse como editor, que “la literatura es un trabajo de pico y pala”. También ha tirado de y humor, ya que un tema como la muerte “no es agradable”, cuesta mirarlo de cerca. “Pero bueno, no vamos a escribir solo de la felicidad“. Es inconformista, señala, como una vaca que rumia.

Entre sus protagonistas, “hartas”, hay una rica con marido ausente, una ama de casa que encontró consuelo en un vendedor y una obsesionada con viajar. Se agarran a un tiempo en el que “todo estaba por estrenar”, que dice la Jukebox; a “antiguas vidas, reales o ficticias”, que dice la Socorro. Y lamentan su “mierda” de situación, que dice la Alma en pena. Para Fontana, tener unos personajes bien construidos es “fundamental” para una novela, “llenarlos de vida, de rabia, de lo que tú quieras. Que no sean simples nombres”. Y sentir lo que sienten, como hizo Flaubert con Madame Bovary.

Ayuda mucho el “microcosmos” que ha sido capaz de reconstruir, “con mucho roce diario y lleno de chinchorrerías“, aunque el autor cree que si hubiera puesto el foco, por ejemplo, en la redacción de cualquier medio –él es periodista– se habría encontrado con unas relaciones igual de jugosas. Para Fontana, que tiene la esperanza de que la pandemia actual nos haga “volver la mirada a cosas que teníamos aparcadas“, como las letras, ganar el Premio Café Gijón ha supuesto un alivio: con él ha podido confirmar que “alguien ha recibido” ese mensaje que lanzó en una botella en forma de libro.



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